Tenía 15 y una “relación” con su tío de 56 terminó en ASESlNATO | El caso RESUELTO de Navila Garay-lbsuong

Aquel pozo era demasiado grande para contener solamente un perro.

La propietaria de la quinta permaneció varios minutos observando la tierra removida, las ramas amontonadas y los escombros colocados encima.

Néstor Garay le había pedido que no tocara nada.

También había aparecido inesperadamente cuando ella llegó a la propiedad, como si estuviera vigilando quién entraba y quién hacía preguntas.

La explicación del perro podía ser cierta.

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Sin embargo, mientras más observaba aquel terreno, menos sentido tenía.

La mujer recordó las conversaciones anteriores con Néstor.

Él había hablado de una adolescente, de dinero y de una posible denuncia que podía destruirlo.

Ahora había una menor desaparecida.

Esa menor se apellidaba Garay.

Y Néstor aseguraba que únicamente era una pariente lejana cuya ausencia no parecía preocuparle.

La propietaria no excavó.

Tampoco confrontó nuevamente al jardinero.

Se dirigió a la policía y explicó todo lo que había visto, incluida la extraña advertencia sobre el animal enterrado.

La fiscalía ordenó registrar la quinta ubicada en la calle Mercedes 707, una propiedad utilizada solamente durante algunos fines de semana.

Los investigadores llegaron cuando ya habían transcurrido varios días desde la desaparición de Navila.

Revisaron el terreno.

Observaron el montículo.

Retiraron cuidadosamente las ramas y los escombros.

Después comenzaron a excavar.

La primera capa de tierra parecía haber sido colocada apresuradamente.

Aproximadamente sesenta centímetros más abajo apareció aquello que la propietaria temía encontrar.

No era un perro.

Era el cuerpo de Navila Serena Garay.

La búsqueda de la adolescente terminó allí, dentro de una propiedad donde Néstor trabajaba como jardinero y guardaba sus herramientas.

Navila había desaparecido el 10 de septiembre de 2019.

Su cuerpo fue localizado cinco días después, durante la noche del domingo 15, según la reconstrucción publicada tras el juicio.

Su madre, Débora, tuvo que trasladarse hasta la morgue judicial de Dolores para reconocerla.

La noticia atravesó Chascomús con una mezcla de dolor, miedo e indignación.

Durante días, familiares y vecinos habían compartido fotografías, recorrido calles y exigido que la búsqueda avanzara con mayor rapidez.

Ahora sabían que Navila nunca había abandonado voluntariamente la ciudad.

Tampoco había salido de viaje con otra persona.

Había sido asesinada la misma tarde en que prometió regresar para tomar mates con su madre.

La autopsia determinó que murió por múltiples traumatismos en la cabeza provocados mediante un objeto contundente.

Los forenses documentaron diecisiete impactos y descartaron indicios de una agresión sexual ocurrida inmediatamente antes del asesinato.

Ese último resultado no eliminaba las denuncias sobre un posible vínculo abusivo previo.

Solamente establecía lo que los médicos pudieron comprobar durante el examen realizado después del crimen.

En un pequeño galpón de la quinta, los investigadores encontraron manchas y herramientas que podían estar relacionadas con el asesinato.

Entre los elementos secuestrados había una maza y varios palos.

La escena parecía haber sido abandonada sin una limpieza completa.

El homicida había intentado ocultar el cuerpo, pero dejó prácticamente intacto el lugar donde se produjo el ataque.

También había cometido otro error.

Las cámaras urbanas habían registrado una motocicleta roja recorriendo el camino hacia el sector de la quinta.

En las imágenes aparecía Néstor conduciendo.

Detrás viajaba Navila.

La secuencia permitía reconstruir lo ocurrido después de que el conductor del remís la dejara frente a la vivienda del hombre.

Navila había pedido al chofer que esperara unos minutos.

Pensaba cobrar un dinero y salir rápidamente.

Sin embargo, Néstor apareció solo, pagó el viaje y permitió que el automóvil se marchara.

Después trasladó a Navila en su motocicleta.

Las cámaras los captaron atravesando la Costanera y entrando al Barrio Parque aproximadamente a las 18:27.

Era el camino hacia la quinta.

No existían imágenes que mostraran a Navila abandonando aquel lugar.

La moto, el recorrido, la escena del crimen y el entierro dentro de una propiedad controlada por Néstor formaban una secuencia difícil de explicar.

La policía encontró posteriormente una bolsa cerca de la laguna, aproximadamente a un kilómetro de la rotonda San Huberto.

Dentro estaban la mochila blanca de Navila, prendas de vestir, artículos de higiene, su libreta sanitaria y un cargador telefónico.

Alguien había intentado separar sus pertenencias del lugar donde permanecía enterrado su cuerpo.

El teléfono nunca apareció.

Néstor fue detenido como único sospechoso.

Tenía 56 años y era primo lejano de la madre de Navila, aunque algunos relatos posteriores lo presentaron incorrectamente como su tío.

Aquella diferencia genealógica no reducía la gravedad del vínculo.

Era un adulto cuatro décadas mayor que ella y formaba parte de un entorno familiar conocido.

La fiscal Daniela Bertoletti explicó entonces que existía un trato frecuente entre ambos.

Navila acudía a su casa, algunas veces cenaba allí y recibía dinero o regalos.

También existían testimonios según los cuales Néstor solicitaba automóviles para trasladarla.

La familia sostuvo que el hombre la acosaba, la llamaba constantemente y se aprovechaba de su situación de vulnerabilidad.

La investigación definió aquel contacto como una posible relación abusiva con fines sexuales, no como un romance entre personas equivalentes. Página/12 documentó el recorrido de la motocicleta y la valoración fiscal del vínculo.

Navila tenía quince años.

Néstor era un adulto experimentado, con dinero, movilidad y lugares privados a su disposición.

Hablar simplemente de una “relación” oculta la diferencia de edad, autoridad y capacidad real para controlar las circunstancias.

También traslada injustamente parte de la responsabilidad hacia la adolescente.

Las versiones atribuidas a Néstor intentaron presentar a Navila como alguien que lo amenazaba para conseguir dinero.

Según aquellas afirmaciones, ella podía denunciar el vínculo abusivo si él no pagaba.

Sin embargo, incluso si hubiera existido una discusión económica, eso no convertía a ambos en adversarios con el mismo poder.

Si una niña podía denunciarlo por abuso, la pregunta central no era por qué pedía dinero.

La pregunta era qué había hecho un hombre de 56 años para temer aquella denuncia.

La fiscalía investigó inicialmente la posibilidad de que otras personas hubieran participado.

La familia sospechaba que Néstor podía tener cómplices y pidió revisar el papel de personas cercanas a él.

También circularon versiones sobre una posible captación de adolescentes mediante regalos, dinero o teléfonos.

Sin embargo, los investigadores no reunieron pruebas suficientes para acusar formalmente a una segunda persona por el homicidio.

El fiscal general de Dolores sostuvo que la evidencia señalaba a un solo autor material: Néstor Garay. Infobae resumió esa conclusión y confirmó el parentesco lejano con la madre.

La comunidad también comenzó a preguntarse si Navila podría haber sido localizada antes.

Su familia denunció que, al intentar informar inmediatamente su desaparición, recibió indicaciones que retrasaron la intervención.

Navila era menor de edad.

No existía ninguna obligación legal de esperar 24 o 48 horas para buscarla.

Además, la familia había señalado desde el principio a la última persona con quien debía encontrarse.

La casa de Néstor fue inspeccionada mientras Navila todavía estaba desaparecida.

El hombre reconoció que ella había acudido allí, pero afirmó que después se había marchado.

Los agentes no encontraron a la adolescente.

Tampoco relacionaron inmediatamente la motocicleta roja y el casco observados en la propiedad con las cámaras del recorrido.

El hallazgo definitivo no surgió de aquel primer registro.

Surgió de la sospecha de la propietaria de la quinta.

Sin su decisión de presentarse ante la policía, el terreno podía haber sido alterado nuevamente y parte de la evidencia habría desaparecido.

La contradicción provocó una reacción intensa en Chascomús.

Familiares, amigos y vecinos marcharon hacia la comisaría y la fiscalía exigiendo respuestas.

La protesta terminó con incidentes, pero detrás de aquella violencia existía una pregunta legítima:

¿Por qué la palabra de una familia buscando a una menor pareció pesar menos que la explicación del último adulto que la vio?

Néstor quedó detenido y fue trasladado a una unidad penitenciaria.

Durante casi cuatro años, la familia esperó que comenzara el juicio.

La investigación reunió videos, testimonios, peritajes, la evidencia encontrada en el galpón y los objetos abandonados cerca de la laguna.

No había una grabación del asesinato.

Tampoco un testigo presencial.

Pero todas las piezas reconstruían el mismo recorrido.

Navila llegó a la vivienda de Néstor.

Él pagó el remís.

La llevó en su motocicleta hasta la quinta.

La adolescente murió allí.

Su cuerpo fue enterrado donde Néstor trabajaba.

Él informó a la propietaria que había colocado un perro bajo tierra.

Y las pertenencias de Navila aparecieron abandonadas a lo largo de la ruta que conectaba la quinta con la ciudad.

El juicio por jurados comenzó en 2023 ante el Tribunal Oral en lo Criminal número 1 del Departamento Judicial de Dolores.

La fiscalía sostuvo que Néstor había actuado dentro de un contexto de violencia de género y pidió considerarlo responsable de femicidio.

También planteó la agravante de alevosía.

Aquella calificación implicaba prisión perpetua.

La defensa intentó reducir la responsabilidad argumentando que se había tratado de un homicidio cometido bajo un estado de emoción violenta.

El jurado rechazó esa explicación.

Néstor no había protagonizado un accidente ni podía atribuir el crimen a una pérdida momentánea e inevitable de control.

Había llevado a Navila hasta un lugar aislado.

Después del homicidio ocultó el cuerpo, abandonó sus pertenencias y construyó una explicación falsa para justificar la tierra removida.

Esas acciones mostraban conciencia de lo ocurrido.

El 1 de junio de 2023, el jurado declaró culpable a Néstor Alfredo Garay.

Sin embargo, no aceptó la calificación de femicidio solicitada por la acusación.

Lo encontró responsable de homicidio simple.

La diferencia no era únicamente terminológica.

Al descartar los agravantes, el jurado eliminó la posibilidad de imponer prisión perpetua.

Durante la audiencia para determinar la pena, el fiscal Gustavo García solicitó veinte años de prisión.

La jueza María Claudia Castro fijó finalmente una condena de dieciséis años.

Néstor tenía aproximadamente sesenta años cuando recibió la sentencia.

Cumplía la pena en la Unidad Penal número 34 de Melchor Romero, de acuerdo con las informaciones publicadas entonces. La sentencia y la calificación definitiva fueron informadas el 7 de junio de 2023.

Débora recibió el fallo con decepción.

Había esperado una condena perpetua y consideraba que las pruebas demostraban un asesinato atravesado por violencia contra una adolescente vulnerable.

Para la familia, dieciséis años no representaban la dimensión de lo sucedido.

Navila había perdido toda su vida.

Néstor todavía conservaba la posibilidad legal de recuperar algún día su libertad.

La decisión del jurado dejó además una contradicción dolorosa.

Durante la investigación, autoridades, medios y organizaciones describieron públicamente el caso como un femicidio.

En el juicio, sin embargo, esa categoría no alcanzó los votos necesarios.

Legalmente, Néstor fue condenado por homicidio simple.

Socialmente, la familia y numerosas organizaciones continuaron nombrando el asesinato como una expresión extrema de violencia de género y abuso de poder.

Ambas afirmaciones deben distinguirse.

La primera describe la resolución judicial definitiva conocida.

La segunda expresa la interpretación de quienes observaron la enorme desigualdad entre un hombre adulto y una niña de quince años.

El veredicto resolvió quién mató a Navila.

No respondió por completo cuál fue el motivo inmediato.

La hipótesis económica quedó vinculada a la versión de Néstor y a comentarios que había realizado antes del descubrimiento.

No pudo comprobarse cada detalle de esas afirmaciones.

Tampoco se acreditó judicialmente la existencia de una red o la participación de otros responsables en el homicidio.

Por eso, llamar al expediente un “caso completamente resuelto” requiere una precisión.

La autoría quedó establecida y hubo condena.

Pero algunas preguntas sobre el contexto previo, las fallas institucionales y las personas que conocían aquel vínculo siguen abiertas.

Navila no fue una adolescente que eligió libremente una relación prohibida con su “tío”.

Era una menor vinculada con un hombre adulto del entorno familiar que podía ofrecer dinero, transporte, regalos y espacios privados.

Presentar aquello como una historia romántica transforma una situación de desigualdad en una decisión compartida.

También reproduce la estrategia utilizada demasiadas veces para responsabilizar a niñas por el comportamiento de hombres adultos.

La ropa secándose, el calentador preparado y la promesa de regresar para tomar mates son importantes por otra razón.

Demuestran que Navila no planeaba desaparecer.

No llevaba una vida secreta destinada a comenzar lejos de su familia.

Esperaba volver aquella misma tarde.

El conductor del remís fue uno de los últimos testigos que pudo verla con vida.

Recordó que Navila le pidió esperar porque el encuentro sería breve.

Néstor pagó el automóvil y envió al chofer de regreso.

A partir de ese momento controló el transporte, el destino y el lugar donde quedaron solos.

Las cámaras completaron aquello que el conductor no podía saber.

Mostraron a la adolescente viajando detrás del hombre que posteriormente sería condenado por matarla.

La propietaria de la quinta aportó la pieza final.

No poseía conocimientos forenses.

Solamente escuchó una explicación extraña, observó el tamaño del pozo y decidió no ignorar su intuición.

Ese gesto permitió encontrar a Navila.

También impidió que Néstor regresara para limpiar el galpón, mover el cuerpo o destruir otras evidencias.

Navila Serena Garay tenía quince años.

Era hija, hermana, nieta y una joven que trabajaba para ayudar económicamente a su familia.

Su historia no debe reducirse al método utilizado para asesinarla ni al vínculo que su agresor intentó utilizar contra ella.

El dato fundamental es más sencillo.

Un adulto consiguió acceso frecuente a una menor vulnerable.

Las señales fueron normalizadas.

Cuando ella desapareció, la respuesta no tuvo la rapidez que exigía su edad.

Y finalmente fue una ciudadana, no el primer procedimiento policial, quien conectó las pistas decisivas.

El caso terminó con una condena de dieciséis años.

Pero también dejó una advertencia que continúa vigente.

Cuando una niña está involucrada, no existe una “relación” equivalente con un hombre cuarenta años mayor.

Existe una obligación adulta de protegerla.

Y cuando esa obligación es reemplazada por control, dinero, secretos y miedo, llamarlo amor solamente ayuda al agresor.

Navila no fue responsable de la violencia que terminó con su vida.

El responsable fue Néstor Alfredo Garay.

Un jurado lo declaró culpable.

Y aunque la sentencia lo llamó homicidio simple, el nombre de Navila permanece unido al reclamo de quienes todavía exigen que ninguna adolescente vuelva a ser culpabilizada por el abuso de un adulto.

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