Salvó A Una Desconocida Y El Jefe Apache Le Ofreció Mil Guerreros-lbsuong

La estampida ya era un ruido distante cuando Mateo comprendió que el verdadero peligro seguía entre sus brazos: la joven no despertaba y la pequeña botella que llevaba en la silla contenía apenas suficiente agua para unas cuantas bocanadas.

Miró el horizonte blanquecino, después a Trueno, cubierto de espuma y polvo, y supo que no podía gastar lo poco que tenía sin pensar en el regreso.

Pero tampoco podía dejarla morir después de haber entrado frente a cientos de bisontes para sacarla de su camino.

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Mateo se arrodilló junto a ella, vertió unas gotas sobre un pañuelo y le humedeció los labios antes de acercarle apenas un sorbo.

—Despacio —murmuró—. Si tomas demasiado de golpe, te va a caer peor.

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Luego la joven tosió.

Abrió los ojos con esfuerzo y tardó unos instantes en enfocar el rostro de Mateo, como si todavía no estuviera segura de haber salido de aquel valle.

—¿Dónde… estamos?

—Lejos de esos animales, por ahora.

Ella intentó incorporarse y él la detuvo con una mano en el hombro.

—No te levantes todavía.

La muchacha miró alrededor, respiró con dificultad y de pronto pareció recordar algo más importante que su propia caída.

—Tengo que volver.

Mateo soltó una risa corta, sin humor.

—Tú no tienes que ir a ningún lado hasta que puedas sostenerte de pie.

Ella volvió la cabeza hacia el norte.

—Mi gente me está buscando.

Mateo siguió la dirección de su mirada y solo vio piedra, mezquite reseco y una línea de cerros deformada por el calor.

—¿Qué tan lejos?

—Si vamos por el valle, demasiado.

Mateo entendió la advertencia.

La manada podía seguir moviéndose en esa zona, y bajar otra vez a terreno abierto sería apostar la vida de los tres.

—Entonces iremos por arriba.

La joven negó con la cabeza.

—Trueno no aguantará esa pendiente con los dos.

Mateo la miró, sorprendido de que hubiera recordado el nombre del caballo después de escucharlo apenas durante el rescate.

Ella señaló una garganta estrecha entre dos formaciones de roca.

—Hay otro paso.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque vine por ahí esta mañana.

Mateo guardó la botella y ayudó a la joven a ponerse de pie.

Sus piernas temblaron, pero esta vez no cayó.

Caminaron despacio junto a Trueno durante varios minutos para no exigirle más al caballo, hasta que encontraron una franja de sombra entre las paredes de piedra.

Mateo no dejaba de pensar en el rancho.

Cada minuto que pasaba lejos era un minuto más sin encontrar agua para sus animales.

Dos vacas ya habían muerto.

Las demás podían empezar a caer antes del anochecer.

La decisión lógica era dejar a la muchacha en un sitio seguro, marcar la ubicación y continuar su búsqueda.

Pero cuando la vio apoyarse contra la roca para no desplomarse otra vez, supo que no lo haría.

—Primero te llevo con los tuyos —dijo.

Ella lo observó en silencio.

—¿Y después?

—Después regreso a buscar agua.

La joven bajó los ojos hacia la botella amarrada a la silla.

—¿Agua para ti?

—Para mi ganado.

Mateo le explicó lo indispensable mientras avanzaban: los arroyos secos, los animales debilitados, los trabajadores que dependían del rancho y la posibilidad de tener que vender lo que quedaba antes de perderlo todo.

No habló de su padre.

No necesitaba hacerlo para recordar sus manos levantando cercas, reparando techos y marcando con paciencia cada rincón de aquella tierra.

La joven escuchó hasta que Mateo terminó.

Entonces se detuvo.

—Yo vi agua.

Mateo creyó haber entendido mal.

—¿Qué dijiste?

—Agua.

Él dio un paso hacia ella.

—¿Dónde?

La muchacha señaló hacia los cerros.

—Más adelante, detrás de una pared de piedra oscura.

El corazón de Mateo golpeó con fuerza.

—¿Un charco?

—No.

Ella negó lentamente.

—Sale de la roca.

Mateo miró el terreno seco que los rodeaba.

Había pasado tres días buscando cualquier señal parecida y aquella desconocida acababa de describir exactamente lo que necesitaba encontrar.

—Llévame.

Ella no se movió.

—Primero tengo que volver con mi padre.

Mateo apretó la mandíbula.

Ahí estaba la elección que había tratado de evitar.

Podía insistir, buscar la fuente y quizá salvar el rancho, o cumplir la promesa silenciosa que había hecho cuando bajó por ella hacia la estampida.

Finalmente tomó las riendas de Trueno.

—Entonces primero vamos con tu padre.

La joven lo miró como si aquella respuesta le resultara inesperada.

No dijo gracias.

Solo continuó caminando.

El paso se estrechó tanto que en algunos tramos Mateo tuvo que avanzar delante de Trueno y guiarlo entre las piedras.

Media hora después encontraron las primeras huellas recientes de caballos.

Mateo las vio antes que ella.

Eran varias.

Muchas.

—Creo que ya no tendremos que buscar demasiado —dijo.

La joven levantó la cabeza.

Un silbido corto llegó desde algún punto del cerro.

Después otro.

Trueno tensó el cuello.

Mateo alcanzó a ver movimiento entre las rocas: primero un jinete, luego tres, luego más figuras apareciendo a diferentes alturas.

No venían galopando sin control.

Se estaban acercando con cautela.

Mateo levantó las manos lejos del cinturón para demostrar que no buscaba pelea.

La joven dio un paso al frente.

Uno de los jinetes la reconoció y gritó algo hacia los demás.

La tensión cambió de inmediato.

Dos hombres desmontaron y corrieron hacia ella.

Un tercero siguió avanzando hasta quedar frente a Mateo.

Era mayor que los demás, de espalda recta y mirada fija.

No preguntó por el caballo.

No preguntó por las armas.

Miró primero el polvo en la ropa de su hija, después las marcas de la caída en sus brazos y finalmente a Mateo.

—¿Qué pasó?

La joven respondió antes de que Mateo pudiera abrir la boca.

—Él me salvó.

El hombre volvió a mirarla.

Ella señaló hacia el valle que habían dejado atrás.

—La manada me alcanzaba.

Después miró a Mateo.

—Bajó por mí cuando podía haberse ido.

El hombre permaneció inmóvil unos segundos.

Mateo notó entonces que los demás jinetes habían dejado de observarlo como una amenaza y ahora miraban a la joven, esperando escuchar el resto.

—Me levantó del suelo —continuó ella—. Si hubiera llegado unos segundos después, yo no estaría aquí.

Su padre se acercó a Mateo.

—¿Cómo te llamas?

—Mateo Valdés.

El hombre repitió el apellido como si quisiera recordarlo.

Luego miró a Trueno, agotado y cubierto de polvo.

—Tu caballo también pagó el precio.

Mateo acarició el cuello del animal.

—Él hizo más que yo.

Por primera vez, el hombre mostró una expresión cercana a una sonrisa.

La joven pidió agua y uno de los jinetes le acercó una cantimplora.

Mateo desvió la vista.

Verla beber le recordó el rancho con una fuerza casi dolorosa.

Su urgencia debía notarse, porque ella bajó la cantimplora y habló con su padre.

—Él también busca agua.

El hombre miró a Mateo.

—¿Para cuántos?

—Para un rancho entero.

Mateo explicó la situación sin adornarla.

Dijo que el ganado llevaba días debilitándose, que dos animales ya habían muerto y que, si no encontraba una fuente pronto, tendría que empezar a vender antes de que la sequía decidiera por él.

El hombre escuchó hasta el final.

Después miró a su hija.

Ella dijo algo breve y señaló hacia la misma garganta por la que habían llegado.

Su padre frunció el ceño.

—La fuente que ella vio existe.

Mateo sintió que el aire regresaba a sus pulmones.

—¿Tiene suficiente agua?

—Para beber, sí.

La respuesta llegó demasiado rápido.

Mateo entendió que faltaba algo.

—¿Y para el ganado?

El hombre observó el suelo antes de responder.

—No como está ahora.

La esperanza se le cayó a Mateo de golpe.

La fuente brotaba entre las piedras, explicó el jefe, pero el cauce por donde antes bajaba el agua había quedado bloqueado por tierra, ramas y rocas acumuladas después de varios desprendimientos.

Había agua suficiente detrás del bloqueo, pero no corría hacia la parte baja donde un hato podía acercarse sin destruir el terreno ni quedar atrapado.

Mateo sintió ganas de maldecir.

Había encontrado agua.

Y aun así podía perder el rancho.

—Enséñamela —pidió.

El hombre no contestó de inmediato.

Miró otra vez a su hija.

Ella sostuvo su mirada.

Fue ella quien tomó la decisión.

—Llévalo.

Su padre asintió.

Subieron por un camino que Mateo jamás habría descubierto desde el valle y, veinte minutos después, escuchó un sonido que no oía desde hacía días.

Agua corriendo.

No mucha.

Pero agua.

Mateo desmontó antes de que Trueno se detuviera por completo y caminó hasta una abertura entre dos rocas.

Allí, protegida del sol, una corriente clara salía de la piedra y se acumulaba en una poza estrecha antes de desaparecer bajo un montón de troncos secos, grava y piedras.

Mateo se agachó y hundió las manos.

Estaba fría.

Real.

Durante unos segundos solo pudo mirar cómo se escapaba entre sus dedos.

Después siguió con los ojos el cauce bloqueado.

No necesitaba que nadie le explicara el problema.

Abrirlo solo le tomaría días.

Tal vez más.

Y sus animales no tenían días.

El jefe se colocó a su lado.

—Salvaste a mi hija.

Mateo levantó la mirada.

El hombre habló con una seguridad que hizo que los demás guardaran atención.

—Ahora mil guerreros son tuyos.

Mateo tardó un instante en responder.

Había esperado agradecimiento.

Quizá comida, agua para el regreso o simplemente que le indicaran el camino hacia la fuente.

No aquello.

Miró a los hombres que estaban alrededor y después volvió los ojos hacia el cauce tapado.

—No necesito mil guerreros.

El padre de la joven entrecerró los ojos.

Mateo señaló las piedras.

—Necesito manos.

La muchacha fue la primera en comprender.

Miró el bloqueo, luego a Trueno y finalmente a su padre.

—Si abrimos esto hoy, el agua puede bajar antes de la noche.

El hombre observó el cauce durante varios segundos.

—No hasta tu rancho.

—No tiene que llegar al rancho —respondió Mateo—. Solo tiene que llegar a un lugar donde pueda traer a los animales.

Esa diferencia cambió todo.

No hacía falta construir nada permanente ni desviar la fuente.

Solo necesitaban liberar suficiente paso para que el agua volviera a llenar una hondonada más abajo y mover el ganado hasta ahí mientras todavía pudiera caminar.

El jefe dio una orden.

Los hombres se dispersaron.

Mateo no entendió las palabras, pero sí las acciones.

Unos comenzaron a retirar ramas.

Otros buscaron palancas entre los troncos duros.

Dos jinetes partieron hacia terreno abierto.

La joven se acercó a Mateo.

—Van a avisar a tu rancho.

Él se volvió hacia ella.

—Ni siquiera saben dónde está.

—Tú les vas a decir.

Mateo explicó la ruta, las cercas y el punto donde sus trabajadores podrían encontrar a los jinetes sin perder tiempo.

Después agregó una instrucción que le dolió pronunciar.

—Que empiecen a mover primero a los animales más débiles.

Si el agua no corría a tiempo, quizá algunos no completarían el trayecto.

Nadie le prometió lo contrario.

Eso le dio más confianza que cualquier discurso.

Durante las siguientes horas trabajaron bajo un sol que parecía querer partir la piedra.

Mateo dejó de contar cuántas veces se abrió las manos contra las rocas.

La joven, todavía débil, llevaba agua a quienes estaban apartando los restos más pequeños.

Su padre no se quedó mirando.

Empujó, cargó y cavó como los demás.

Al principio el cauce apenas respondió.

Un hilo oscuro apareció entre la tierra.

Después desapareció.

Mateo sintió que el estómago se le cerraba.

—Otra vez —dijo.

Movieron una roca grande.

Nada.

Retiraron dos troncos atrapados bajo la grava.

El agua empezó a filtrarse y volvió a detenerse.

Trueno bebía lentamente de la poza, recuperando fuerzas, mientras Mateo veía descender el sol.

El tiempo se estaba acabando.

Entonces la joven señaló una piedra plana que nadie había tocado.

—Esa no estaba así cuando vine esta mañana.

Mateo se acercó.

La piedra parecía parte del suelo, pero tenía ramas frescas atrapadas debajo.

Metieron una palanca improvisada en un costado.

Tres hombres empujaron.

No cedió.

Se sumaron dos más.

Mateo apoyó el hombro.

—Otra vez.

La roca se movió apenas unos centímetros.

Suficiente.

El agua salió primero como un chorro de lodo.

Luego empujó con tanta fuerza que todos tuvieron que retroceder.

Las ramas comenzaron a girar.

La grava bajó con la corriente.

El viejo cauce despertó frente a ellos.

Mateo corrió cuesta abajo siguiendo el agua.

No celebró.

Todavía no.

La corriente debía alcanzar la hondonada.

Debía acumularse.

Y el ganado debía llegar vivo.

Casi una hora después escucharon campanas y mugidos desde el oeste.

Mateo subió a una roca.

En la distancia aparecieron sus trabajadores guiando las primeras reses.

Caminaban despacio.

Demasiado despacio.

Una vaca cayó de rodillas.

Mateo bajó corriendo.

—¡Por aquí!

Los jinetes se repartieron a los lados para mantener abierto el paso mientras los trabajadores empujaban al ganado hacia la hondonada.

La primera res llegó al agua y hundió el hocico con desesperación.

Mateo la apartó después de unos segundos para que no bebiera demasiado rápido.

—Poco a poco.

Otra llegó detrás.

Luego otra.

Una tras otra.

No todas estaban bien.

No todas se recuperarían de inmediato.

Pero estaban bebiendo.

Cuando cayó la tarde, Mateo se sentó en una piedra y descubrió que le temblaban las manos.

Uno de sus trabajadores se acercó.

—Pensé que ya no regresabas.

Mateo miró a la joven, que estaba a varios metros hablando con su padre.

—Yo también.

El trabajador observó a la gente que seguía ayudando alrededor del ganado.

—¿Quiénes son?

Mateo soltó el aire lentamente.

—Personas a las que hoy les debía una cosa y terminé debiéndoles otra.

La frase no le gustó en cuanto salió de su boca.

Porque no era exactamente cierto.

Él había salvado a la joven sin esperar nada.

Ellos lo estaban ayudando sin convertir el rescate en una deuda que pudiera cobrarse con números.

Al anochecer, el padre de la muchacha se acercó.

—Tus animales pueden quedarse aquí mientras la fuente aguante.

Mateo negó.

—Solo hasta que puedan regresar.

El hombre asintió.

Ninguno necesitó discutirlo más.

Mateo sacó entonces la pequeña botella que había llevado durante todo el día.

Estaba casi vacía.

La observó y recordó el primer sorbo que había medido al amanecer, convencido de que aquel poco de agua podía decidir si él y Trueno volvían vivos.

La joven se acercó.

—Dámela.

Mateo levantó una ceja.

—¿Para qué?

Ella extendió la mano.

—Dámela.

Mateo se la entregó.

La muchacha caminó hasta la corriente recién liberada, enjuagó la botella y la llenó hasta arriba.

Después regresó y se la puso en la mano.

—Ahora sí puedes volver a tu casa con agua.

Mateo miró la botella llena.

Algo tan pequeño había sido, por la mañana, todo lo que tenía.

Ahora tenía frente a él un cauce corriendo, su ganado bebiendo y decenas de personas que horas antes ni siquiera sabían su nombre.

—Gracias —dijo.

Ella sonrió apenas.

—Tú empezaste.

Durante los días siguientes Mateo no vendió una sola res por desesperación.

Perdió más de lo que quería admitir por los efectos de la sequía, pero el hato principal resistió y sus trabajadores conservaron su empleo.

Cuando los animales recuperaron fuerza, dejaron de depender de la hondonada y Mateo organizó el regreso por grupos pequeños para no castigar el terreno ni la fuente.

No intentó apropiarse del lugar.

No marcó el camino como suyo.

Tampoco contó en el pueblo una historia en la que él apareciera como dueño de un milagro.

Solo dijo que había encontrado ayuda cuando más la necesitaba.

Semanas después, las primeras lluvias rompieron finalmente la sequía.

El polvo se convirtió en barro y los surcos secos volvieron a llevar agua.

Una tarde, Mateo estaba reparando una parte de la cerca cuando vio a varios jinetes acercarse por el camino.

Reconoció a la joven antes que a ninguno.

Detrás venía su padre.

Mateo dejó las herramientas y caminó hasta recibirlos.

El hombre observó el rancho, el ganado y los abrevaderos que otra vez tenían agua.

—Parece que ya no necesitas mis mil guerreros.

Mateo sonrió.

—Nunca los necesité para pelear.

El jefe miró hacia la cerca recién reparada.

—Lo sé.

La joven desmontó y vio la pequeña botella colgada de un clavo junto a la puerta del establo.

Ya no servía como reserva de emergencia.

Mateo la había dejado ahí para recordar el día en que salió buscando una fuente y terminó encontrando algo que no había sabido buscar.

Ella señaló la botella.

—¿Por qué la guardaste?

Mateo miró hacia el campo húmedo.

—Porque estaba casi vacía cuando pensé que solo podía salvar una cosa.

La joven esperó.

Mateo tocó el borde de la botella con dos dedos.

—Resultó que alcanzó para empezar a salvar dos.

No hubo discursos.

No hubo promesas nuevas.

El padre de la joven simplemente ayudó a Mateo a levantar la tabla que estaba reparando, mientras ella sostenía el otro extremo.

Y la botella permaneció junto a la puerta, llena esta vez con agua limpia del rancho, no como trofeo del hombre que desafió una estampida, sino como recuerdo de la decisión que cambió todo antes de que cualquiera supiera cómo iba a terminar.

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