A pesar de su carácter distante, Roberto fue quien presentó a José Luis y María Elena durante una feria ganadera.
María Elena había llevado documentos de la quesería familiar. José Luis revisaba las cuentas de uno de sus principales compradores.
Roberto observó cómo comenzaron a conversar, pero nunca mencionó que él ya conocía a María Elena desde hacía varios años.

Había atendido los animales de los Vázquez y visitaba frecuentemente la quesería bajo cualquier pretexto relacionado con el ganado.
María Elena lo consideraba un amigo serio y confiable. Jamás imaginó que Roberto había desarrollado una obsesión silenciosa hacia ella.
Cuando José Luis anunció que estaban saliendo, Roberto sonrió, le estrechó la mano y dijo que hacían una pareja perfecta.
Sin embargo, durante los meses siguientes, comenzó a presentarse sin avisar cuando ambos se encontraban juntos.
Interrumpía cenas, criticaba las decisiones de José Luis y hacía preguntas demasiado personales sobre los preparativos de la boda.
José Luis interpretó aquella conducta como la protección normal de un hermano mayor. María Elena empezó a sentirse incómoda.
—Roberto me observa de una manera extraña —confesó una noche—. Como si estuviera esperando que cometamos algún error.
José Luis habló con él, pero Roberto negó cualquier intención inapropiada y fingió sentirse ofendido por la sospecha.
Después se mostró más amable. Ofreció prestar su automóvil para la boda y consiguió un descuento para el banquete.
La aparente generosidad hizo que María Elena dudara de sus propios temores.
El 15 de julio de 1989, Tepatitlán amaneció con un cielo despejado y el repique de campanas dominando el centro.
La ceremonia estaba programada para las doce en la parroquia de San Francisco de Asís.
Desde las siete, la casa de los Vázquez se llenó de hermanas, tías, costureras y vecinas llevando