Murió durante el parto, pero regresó cuatro noches para cuidar a su bebé-lbsuong

 

Toribia sintió que la súplica entraba en su cabeza como una corriente de agua helada.

—Todavía no me entierren.

Evaristo también la escuchó.

Cayó de rodillas junto a la pared y comenzó a rezar, pero las palabras se le confundieron entre los sollozos.

Jacinta permaneció de pie frente a la cuna.

Esta vez no contemplaba solamente al niño.

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Miraba hacia la puerta.

Toribia siguió la dirección de sus ojos y vio una sombra detenida debajo del marco.

No pertenecía a ninguno de ellos.

Era demasiado alta, demasiado delgada y parecía continuar subiendo aunque el techo hubiera terminado varios centímetros antes.

Las llamas de las velas se inclinaron hacia aquella figura.

Jacinta levantó un brazo y la sombra retrocedió.

Entonces Beto comenzó a gemir.

No era el llanto desesperado de las noches anteriores, sino un sonido pequeño, como si algo le dificultara respirar.

Toribia corrió hacia la cuna.

La piel del niño estaba fría.

Sobre su pecho había aparecido una marca oscura, fina como un hilo y curvada alrededor del corazón.

—¿Qué le está ocurriendo? —preguntó Evaristo.

Jacinta giró lentamente hacia el rebozo rojo colocado sobre sus hombros.

La voz volvió a entrar en la mente de ambos.

—Pregúntale de dónde lo sacó.

Toribia miró a su yerno.

Evaristo dejó de llorar.

Su expresión cambió de dolor a un miedo vergonzoso, el miedo de quien ha ocultado algo durante demasiado tiempo.

—Contesta —ordenó Toribia—. ¿De dónde vino ese rebozo?

—Se lo compré a una mujer.

—¿Qué mujer?

Evaristo observó la puerta antes de responder.

—No lo compré exactamente.

Siete meses antes, Jacinta había sufrido una fiebre repentina.

Durante tres noches tembló, dejó de comer y perdió brevemente el conocimiento.

Toribia se encontraba atendiendo otro parto en una comunidad distante.

Evaristo, desesperado, bajó hasta el río buscando al médico del municipio.

No encontró al médico.

Encontró a una anciana sentada sobre una piedra, con los pies sumergidos en el agua y un rebozo rojo entre las manos.

La mujer sabía el nombre de Jacinta.

También sabía que estaba embarazada.

—Tu esposa conservará al niño si la cubres con esto antes del amanecer —le prometió.

Evaristo preguntó cuánto costaba.

La anciana sonrió.

—Nada cuesta cuando se entrega. Todo se paga cuando llega el momento de devolverlo.

Él no comprendió aquellas palabras.

Solamente pensaba en salvar a Jacinta.

Llevó el rebozo a casa y la cubrió mientras dormía.

Al amanecer, la fiebre había desaparecido.

Evaristo regresó al río para agradecerle, pero nadie del pueblo conocía a la mujer.

Encontró únicamente unas huellas que comenzaban dentro del agua y terminaban frente a la piedra.

—¿Por qué nunca me lo contaste? —preguntó Toribia.

—Jacinta estaba sana. Pensé que la mujer era una curandera que no quería recibir dinero.

Toribia se acercó al rebozo.

Había visto aquella prenda durante meses sin examinarla cuidadosamente.

Jacinta decía que le provocaba frío, aunque la tela parecía gruesa y caliente.

En la esquina interior descubrió un bordado negro que no pertenecía a ningún diseño del pueblo.

Eran cuatro nudos unidos mediante una sola línea.

Tres estaban abiertos.

El cuarto permanecía cerrado.

Toribia comprendió que cada nudo representaba una noche.

La prenda no había salvado gratuitamente a Jacinta.

Había pospuesto algo.

—Quítatelo —pidió a su hija.

Jacinta intentó obedecer, pero el rebozo no se movió.

La tela parecía adherida al huipil con una fuerza invisible.

Evaristo tiró de un extremo.

Las velas se apagaron al mismo tiempo.

Desde el exterior llegaron tres golpes sobre la puerta principal.

Nadie respiró.

Tres golpes más.

Después escucharon la voz de doña Mercedes, la madre fallecida de Evaristo.

—Hijo, abre. Hace frío.

Evaristo caminó hacia la entrada.

Toribia lo sujetó por la camisa.

—Tu madre lleva nueve años enterrada.

La voz volvió a escucharse.

Esta vez lloraba.

—Evaristo, déjame conocer a mi nieto.

Él cerró los ojos, pero continuó avanzando.

Jacinta golpeó el suelo con un pie.

El sonido pareció devolverlo a la habitación.

La sombra bajo el marco se hizo más gruesa.

Toribia encendió nuevamente una vela y descubrió marcas húmedas alrededor de la puerta.

Parecían dedos apoyados desde afuera.

Jacinta levantó ambas manos y la madera comenzó a vibrar.

La voz dentro de sus cabezas habló con mayor claridad.

—No abran, aunque escuchen a alguien que amen.

Toribia acercó la cuna hasta la mesa del velorio.

Colocó a Beto entre las flores y encendió todas las velas disponibles.

—¿Cuánto falta? —preguntó—. Dinos qué debemos hacer.

Jacinta señaló la ventana.

El cielo estaba completamente oscuro.

Faltaban casi cinco horas para el amanecer.

—La cuarta noche debe terminar. Mientras mi cuerpo permanezca aquí, ella no puede llevárselo.

—¿Quién es ella?

Jacinta giró hacia la sombra.

Por primera vez, su rostro muerto mostró miedo.

—La que aceptó la promesa que nadie tenía derecho a ofrecer.

Evaristo comprendió.

La anciana no había pedido dinero porque jamás deseó dinero.

Había entregado una vida temporalmente para reclamar otra en el momento del nacimiento.

—Llévame a mí —dijo Evaristo mirando hacia la puerta—. Yo acepté el trato.

La casa entera crujió.

Una risa suave recorrió el techo, las paredes y el piso.

No provenía de una garganta humana.

Jacinta negó con la cabeza.

—No quiere al culpable. Quiere al recién llegado.

Beto volvió a llorar.

La marca oscura continuó avanzando alrededor de su pequeño pecho.

Toribia recordó entonces algo que su abuela le había enseñado cuando ella era apenas una niña.

Algunas promesas no se rompen destruyendo el objeto que las contiene.

Primero deben ser nombradas.

Después debe demostrarse que la persona ofrecida nunca perteneció a quien hizo la promesa.

Toribia colocó una mano sobre la cabeza del bebé.

—Gilberto Jacinto Morales —dijo utilizando el nombre completo elegido durante el bautismo doméstico—. Hijo de Jacinta y Evaristo.

La sombra reaccionó.

Las ventanas se abrieron violentamente y un viento húmedo atravesó la habitación.

Las flores del velorio cayeron alrededor del niño.

—Su vida no pertenece al río, al monte ni a ninguna mujer sin nombre —continuó Toribia—. Su vida le pertenece solamente a él.

El cuarto quedó en silencio.

Después alguien arañó la puerta desde afuera.

La madera comenzó a astillarse.

Evaristo empujó una mesa contra la entrada y sostuvo una silla debajo del picaporte.

—No resistirá cinco horas.

Toribia examinó nuevamente los cuatro nudos.

El último se estaba cerrando lentamente, como si manos invisibles tiraran del hilo negro desde el interior de la tela.

Cuando quedara completamente ajustado, terminaría la cuarta noche.

Pero Toribia no sabía si aquello liberaría a Jacinta o entregaría al niño.

Necesitaban encontrar a alguien que conociera el origen del rebozo.

—¿Dónde viste exactamente a la mujer? —preguntó.

Evaristo describió una curva del río situada debajo de un antiguo puente de piedra.

Toribia conocía el lugar.

Décadas antes, varias lavanderas se negaban a trabajar allí después del atardecer.

Decían que el agua repetía nombres que todavía no habían sido pronunciados.

Pero nadie hablaba de una anciana ni de prendas rojas.

Toribia miró a Jacinta.

—¿Puedes decirme qué viste cuando moriste?

La joven permaneció quieta durante varios segundos.

Después la habitación desapareció de la mente de Toribia.

Vio a Jacinta caminando por una llanura cubierta de niebla.

Llevaba al bebé contra el pecho, aunque al mismo tiempo podía escucharlo llorando en la casa de los vivos.

A lo lejos había una corriente oscura.

La anciana del río esperaba en la orilla sosteniendo el otro extremo del rebozo.

—Una vida entró y otra debe salir —le dijo.

Jacinta entregó su propia vida.

Creyó que así saldaba la promesa de Evaristo.

Pero la mujer respondió que una madre muerta no servía como pago porque ya no tenía futuro que quitarle.

Quería al niño.

Jacinta se aferró a él.

Cuando Beto lloró durante el velorio, aquel sonido abrió un camino de regreso.

Su madre siguió la voz y despertó dentro de su propio cuerpo.

Pero cada regreso debilitaba la barrera.

La cuarta noche sería la última oportunidad de la anciana para entrar.

Toribia volvió a ver la habitación.

Estaba de rodillas y tenía sangre en la nariz.

Evaristo la sujetaba por los hombros.

—¿Qué vio?

—Jacinta no pide que retrasemos su entierro por miedo a marcharse. Se está quedando para bloquear la entrada.

La sombra se separó del marco.

Comenzó a extenderse por el techo, acercándose lentamente a la cuna.

Jacinta se colocó entre ambas.

Por primera vez, algo tocó su cuerpo.

Unas marcas negras aparecieron sobre el rebozo, como dedos hundiéndose en la tela.

La joven abrió la boca, pero no salió ningún sonido.

Toribia escuchó su grito dentro del pecho.

Evaristo tomó un machete.

Golpeó la sombra, pero la hoja atravesó el aire y quedó cubierta de pequeñas gotas de agua.

Las gotas olían a lodo estancado.

—Las armas no sirven —dijo Toribia—. Esto comenzó con una promesa.

Se volvió hacia Evaristo.

—Debes retirar tus palabras.

—No recuerdo exactamente qué dije.

—Recuerda.

Evaristo cerró los ojos.

Vio nuevamente a Jacinta temblando bajo las mantas y a la anciana ofreciéndole el rebozo.

Había preguntado qué debía hacer para conservar a su familia.

—Dije que entregaría cualquier cosa.

—Dilo completo.

—Prometí entregar cualquier cosa que tuviera si Jacinta y el niño sobrevivían.

Toribia señaló al bebé.

—Nunca tuviste derecho a ofrecerlos. Dilo.

Evaristo se arrodilló frente a la cuna.

—Jacinta no era mía. Gilberto tampoco es mío. Los amo, pero sus vidas jamás me pertenecieron.

La sombra se detuvo.

El último nudo del rebozo dejó de cerrarse.

Desde afuera llegó un grito que ya no imitaba ninguna voz conocida.

Era antiguo, profundo y lleno de una furia que hizo temblar los platos dentro de la cocina.

Toribia tomó unas tijeras utilizadas para cortar cordones umbilicales.

Introdujo la punta debajo del hilo negro.

No pudo cortarlo.

El metal se dobló.

Jacinta extendió una mano hacia su madre.

Por primera vez desde que murió, sus dedos tocaron la piel de Toribia.

Estaban helados.

La partera vio otra imagen.

La manta tejida durante el embarazo contenía hilo de Jacinta, trabajado durante meses con sus propias manos.

Representaba una promesa diferente.

No había sido creada para poseer al niño, sino para cuidarlo.

Toribia envolvió a Beto con la manta.

La marca oscura de su pecho dejó de avanzar.

El bebé abrió los ojos.

Jacinta lo contempló y extendió los brazos.

Hasta entonces nunca había logrado tocarlo.

Toribia comprendió lo que pedía.

—Si te lo entrego, ¿podrás regresar a la mesa?

Jacinta asintió.

Evaristo se interpuso.

—No sabemos si todavía es ella.

Toribia miró los pies de su hija.

Jacinta tenía una pequeña cicatriz en el talón, causada cuando pisó una espina durante su infancia.

La marca seguía allí.

Después observó la forma en que inclinaba la cabeza hacia Beto.

Era el mismo gesto que hacía desde niña al escuchar una canción distante.

—Es Jacinta.

Toribia colocó al bebé dentro de sus brazos.

La joven muerta lo sostuvo con una delicadeza imposible.

Beto dejó de llorar.

Jacinta acercó el rostro y besó su frente.

En ese instante, la sombra cayó desde el techo.

Las velas se apagaron y la casa quedó completamente negra.

Evaristo escuchó pasos alrededor de ellos, rápidos y húmedos, como si alguien corriera descalzo sobre tierra mojada.

Toribia buscó a su hija.

No podía verla.

Solamente escuchaba una melodía.

Jacinta cantaba la canción que su madre utilizaba para dormirla cuando era pequeña.

Su voz no sonaba dentro de la habitación.

Sonaba en la mente de todos.

La sombra intentó acercarse al bebé desde cuatro direcciones diferentes.

Cada vez encontraba a Jacinta entre ella y la manta.

El cuerpo de la joven comenzó a enfriarse todavía más.

Pequeñas capas de escarcha aparecieron sobre las flores.

Evaristo recuperó una vela y logró encenderla.

Vio a su esposa en el centro del cuarto.

Sostenía a Beto contra el pecho mientras el rebozo se movía alrededor de ambos como si estuviera sumergido en agua.

El último nudo volvió a cerrarse.

Faltaba poco.

Toribia tomó la esquina de la manta tejida y la colocó sobre el rebozo rojo.

Los hilos de ambas prendas se tocaron.

El bordado negro comenzó a humear.

Jacinta miró a su madre.

—Ahora.

Toribia sujetó las tijeras dobladas y volvió a presionar.

Esta vez el hilo cedió.

El cuarto se llenó con un golpe semejante al trueno.

El rebozo cayó de los hombros de Jacinta.

Evaristo lo recogió utilizando las tenazas de la estufa y lo arrojó dentro del fuego.

La tela no ardió inmediatamente.

Se retorció sobre las llamas, expulsando agua y un olor procedente del fondo del río.

Desde afuera, la anciana gritó.

La puerta se abrió varios centímetros pese a la mesa y la silla.

Una mano oscura apareció entre la madera y el marco.

Sus dedos eran largos y estaban cubiertos de algas.

Jacinta abrazó al niño.

Toribia continuó repitiendo su nombre completo.

Evaristo sostuvo la puerta mientras pedía perdón a su esposa, a su hijo y a todo aquello que no comprendió antes de prometer.

El fuego finalmente alcanzó el cuarto nudo.

Cuando el hilo negro se partió, la mano desapareció.

La puerta se cerró con tanta fuerza que rompió una de las bisagras.

En la distancia cantó el primer gallo.

Una franja gris apareció detrás de las montañas.

La cuarta noche había terminado.

Jacinta miró a Beto por última vez.

El niño abrió los ojos y apoyó una mano diminuta sobre la mejilla de su madre.

La marca oscura alrededor de su pecho se deshizo lentamente.

Toribia escuchó la voz de su hija.

Ya no parecía llegar desde una habitación distante.

—Ahora sí pueden enterrarme.

Jacinta entregó al bebé.

Después regresó hacia la tabla del velorio.

Cada paso parecía exigirle más esfuerzo que todos los anteriores.

Se acostó, acomodó las manos sobre el pecho y cerró los ojos.

Toribia retiró una hoja seca de su cabello.

—Cuidaré de él —prometió—. Pero esta vez tú también puedes descansar.

Una última voz respondió dentro de su mente.

—Ya lo sé, mamita.

Cuando el sol apareció, los vecinos encontraron a Toribia sentada junto al cuerpo y a Evaristo sosteniendo al niño.

Ninguno contó inmediatamente lo sucedido.

Dijeron únicamente que el entierro debía realizarse antes del anochecer.

El rebozo rojo había desaparecido.

Dentro de la estufa encontraron solamente cuatro pequeñas cuentas negras y un puñado de arena húmeda.

La puerta principal mostraba marcas profundas.

Algunos aseguraron que pertenecían a un animal.

Toribia sabía que ningún animal poseía dedos humanos ni dejaba olor a río dentro de una casa situada en la montaña.

Jacinta fue enterrada esa tarde.

Beto permaneció envuelto en la manta que ella había tejido.

No lloró durante la ceremonia.

Cuando cubrieron el ataúd con tierra, abrió los ojos y miró hacia un punto vacío junto a Toribia.

Después sonrió.

Evaristo nunca regresó a la curva del río.

Dedicó su vida a criar al niño y jamás volvió a prometer algo que no pudiera entregar por sí mismo.

Toribia escribió todo dentro de un cuaderno escondido entre sus utensilios de partera.

No deseaba que la historia se convirtiera en acusación contra el pueblo ni en espectáculo para visitantes.

Solamente quería que Beto conociera algún día lo ocurrido durante sus cuatro primeras noches.

Le entregó el cuaderno cuando cumplió dieciocho años.

Él lo leyó sin interrumpir.

Después preguntó si su madre realmente lo había sostenido.

—Una sola vez —respondió Toribia—. Pero fue suficiente para enfrentarse a algo que había regresado con ella desde la muerte.

Beto mostró una pequeña marca sobre su pecho.

Tenía la forma de un hilo incompleto que terminaba justo encima del corazón.

Nunca desapareció.

Beto creció, se casó y tuvo hijos.

No recordaba conscientemente las noches del velorio, pero conocía una canción que nadie le había enseñado.

Era la melodía que Jacinta cantó mientras la sombra rodeaba la cuna.

Cuando sus propios bebés lloraban, Beto la cantaba.

Los niños se calmaban inmediatamente.

Toribia murió muchos años después.

Antes de cerrar los ojos pidió que no colocaran prendas rojas junto a su cuerpo.

También ordenó cerrar todas las ventanas antes de la cuarta noche.

La familia obedeció sin hacer preguntas.

Esta historia llegó hasta nosotros mediante su cuaderno.

Algunas personas creen que Toribia confundió el dolor, el cansancio y las sombras provocadas por las velas.

Otras aseguran que Jacinta nunca regresó y que todo fue una manera de soportar una muerte insoportable.

Pero la antigua casa todavía permanece en la sierra.

La mesa del velorio desapareció hace décadas y la cuna terminó convertida en leña.

La puerta principal, sin embargo, conserva las marcas.

Cuatro grupos de arañazos, uno por cada noche.

Y cuando un recién nacido llora cerca del río durante la madrugada, los ancianos todavía recomiendan escuchar antes de abrir.

Porque algunas madres regresan para cuidar a sus hijos.

Pero otras cosas también aprenden a imitar su voz.

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