La Mesera Vio El Bistec Envenenado Y Salvó Al Hombre Equivocado-lbsuong

La lluvia en Manhattan no limpiaba nada.

Solo hacía que la basura brillara bajo los faros, que las coladeras soltaran vapor y que la gente caminara más rápido sin mirar a nadie a los ojos.

Sonia Mitchell lo había aprendido durante demasiadas noches saliendo tarde de Lombardi’s Prime con los zapatos mojados, el uniforme oliendo a carne y humo, y las manos tan cansadas que le dolía cerrar los dedos.

Image

Aquel jueves de noviembre, el reloj del sistema marcó 8:31 p. m. cuando ella se ajustó el delantal por tercera vez.

El nudo le mordía la espalda baja.

La camisa blanca ya tenía una mancha de café cerca del puño.

Y en su teléfono había dos mensajes sin abrir de Emma, su hermana menor, que seguramente hablaban de la colegiatura atrasada.

Sonia no los abrió.

No porque no le importaran.

Porque le importaban demasiado.

Emma llevaba tres meses sin poder pagar la escuela de enfermería en NYU, y su padre había empezado otra ronda de quimioterapia que la familia llamaba “tratamiento” porque la palabra “deuda” ya no les cabía en la boca.

Cada dólar de propina salía del restaurante con destino decidido.

Renta.

Medicina.

Transporte.

Un recibo más.

Un día más.

Lombardi’s Prime había sido un lugar elegante alguna vez.

Sonia todavía había visto fotografías antiguas en la oficina: celebridades con copas de vino, productores de Broadway sonriendo junto al dueño original, hombres de Wall Street firmando contratos sobre manteles blancos.

Ahora el restaurante parecía una persona que seguía vistiéndose bien para que nadie notara que se estaba desmoronando.

Los sillones de cuero estaban agrietados.

El mármol tenía bordes astillados.

El bar olía a bourbon caro y desesperación barata.

Y desde que Vincent Calibrazy había tomado el control seis meses antes, el personal hablaba en voz más baja.

Nadie le decía Vincent.

Todos lo llamaban Vinnie la Rata.

No en su cara.

Nunca en su cara.

Vinnie era pequeño, nervioso, siempre impecablemente peinado, con una sonrisa que parecía pedir disculpas a los clientes ricos y morder a los empleados pobres.

No era solo un mal gerente.

Era un hombre que había descubierto que podía gobernar mejor usando las facturas personales de los demás.

A Mark, el cocinero de la parrilla, le recordaba que tenía manutención atrasada.

A Ashley, la hostess, le recordaba que había falsificado horas para cubrir un examen.

A Sonia le recordaba a su padre.

“Tu viejo necesita esos tratamientos, ¿no?”, le había dicho una vez, casi con ternura, después de descontarle propinas por llegar siete minutos tarde.

Desde entonces, Sonia entendió que Vinnie no administraba un restaurante.

Administraba el miedo.

A las 8:39 p. m., ella rellenó agua en la mesa nueve, escuchó media discusión sobre un acuerdo prenupcial en la mesa doce y recogió un vaso de bourbon vacío del hombre sentado solo en el bar.

A las 8:41 p. m., Vinnie salió de la oficina trasera y le gritó que se moviera más rápido.

A las 8:43 p. m., la puerta de roble se abrió.

El frío entró como una mano mojada.

Después entró el hombre.

Sonia lo vio primero por las botas.

Botas embarradas, pesadas, dejando marcas oscuras sobre el mármol que Ashley había limpiado dos veces esa tarde.

Luego vio la chaqueta.

Una chaqueta militar vieja, rasgada en una manga, endurecida por lodo seco y lluvia nueva.

Luego la barba, la gorra negra, los hombros encorvados.

Pero cuando él levantó la mirada, todo lo demás dejó de importar.

Sus ojos eran demasiado claros.

Demasiado tranquilos.

Demasiado despiertos.

Ashley, desde el atril, extendió la mano hacia el teléfono.

Vinnie apareció antes de que ella marcara.

“Oye, tú.”

La voz de Vinnie atravesó el comedor con esa crueldad pequeña de los hombres que disfrutan tener público.

“Esto no es comedor comunitario. El refugio está por la Novena Avenida. Largo.”

El hombre se quedó quieto.

No bajó la cabeza.

No pidió disculpas.

Solo enderezó un poco los hombros, como si el insulto no le hubiera dolido, sino confirmado algo que ya esperaba.

“Vengo a cenar”, dijo.

Su voz era grave, áspera por el frío, pero educada.

“Esto es un restaurante, ¿correcto?”

Algunas conversaciones se apagaron.

La pareja del prenupcial miró hacia la puerta.

El hombre del bourbon apoyó el vaso en la barra sin beber.

Vinnie soltó una risa fea.

“Esto es un establecimiento de cinco estrellas. Tenemos código de vestimenta. Mírate. Parece que saliste de un basurero.”

El desconocido miró sus propias botas, luego volvió a levantar los ojos.

“Tengo dinero. Efectivo. ¿El código de vestimenta aplica al billete o al hombre que lo trae?”

El silencio llegó completo.

Sonia sintió un tirón en el pecho.

No era una frase de alguien borracho.

No era la rabia confundida de una persona que buscaba pelea.

Era una pregunta precisa.

Y Vinnie odió eso.

“Oye, amigo”, dijo, acercándose con el pecho inflado. “No quiero problemas. Quiero que te vayas antes de apestar mi restaurante.”

“Soy un cliente que paga.”

Entonces el hombre rodeó a Vinnie, caminó hasta una cabina cerca de la cocina y se sentó.

Mesa seis.

Sonia recordaría ese número mucho tiempo.

Recordaría el sonido mojado de la lona contra el cuero.

Recordaría cómo el desconocido eligió un asiento desde el que podía ver la entrada, el bar y la puerta de la cocina.

Recordaría que no parecía perdido.

Parecía estar comprobando algo.

Vinnie giró hacia ella.

“Sonia. Ven acá. Ahora.”

Ella obedeció.

Le ardían las mejillas antes incluso de llegar.

“Dile a ese vagabundo que estamos cerrados”, siseó Vinnie. “Dile que sanidad nos clausuró. Dile lo que sea. Sácalo.”

“Vinnie, no podemos negarle servicio sin razón.”

Él se acercó más.

Sonia olió ajo, café viejo y el perfume barato que usaba para tapar el cigarro.

“No me importa la razón. Es malo para el negocio. Si no lo manejas, estás despedida.”

Ella no respondió.

Él sonrió apenas.

“Y tu viejo necesita tratamientos, ¿cierto? Sería una lástima que ya no pudieras ayudarlo.”

Ahí estaba.

La mano en la herida exacta.

El poder no siempre entra gritando. A veces se pone corbata, administra turnos y aprende exactamente qué miedo puede usar contra cada persona.

Sonia miró hacia la mesa seis.

El hombre estaba sentado con las manos sobre la mesa, empapado, quieto, solo.

Lo más fácil habría sido mentirle.

Decirle que cerraban.

Decirle que no podían atenderlo.

Salvar su turno.

Salvar sus propinas.

Salvar, por una noche, la quimioterapia de su padre.

Pero entonces el hombre levantó una mano para apartarse una gota de lluvia de la barba, y Sonia vio algo bajo la manga rota.

Un reloj.

No un reloj llamativo de imitación.

Un reloj caro, pesado, rayado por el uso, pero real.

Ella había servido a suficientes hombres ricos para reconocer ese tipo de objeto.

Los pobres se cuidan los zapatos.

Los ricos se olvidan de esconder la muñeca.

Sonia tomó un menú y caminó hacia él.

“Perdón por el gerente”, dijo, colocándolo frente a él. “Está teniendo una noche difícil.”

Los ojos azules subieron a su cara.

“Parece encantador.”

No sonrió del todo.

“Soy Dante.”

“Sonia.”

Su voz salió más baja de lo que quería.

“¿Le traigo algo de beber? ¿Café? ¿Té?”

“Café. Negro. Y quisiera cenar.”

Sonia sintió a Vinnie mirándola desde la barra.

“¿Qué desea ordenar?”

Dante abrió el menú.

No lo revisó como alguien hambriento.

Lo revisó como alguien leyendo un informe.

“El porterhouse. Término medio.”

Sonia escribió en su libreta.

Mesa 6.

8:47 p. m.

Porterhouse medio.

Café negro.

Pago en efectivo.

No sabía por qué anotó la hora exacta.

Tal vez porque había trabajado suficiente en restaurantes como para saber que cuando algo se siente mal, los detalles se vuelven pruebas antes de que una entienda para qué servirán.

En la cocina, Mark levantó la vista cuando ella dejó la comanda.

“¿Ese es de verdad cliente?”, murmuró.

“Sí.”

Mark miró hacia el comedor.

“Vinnie está furioso.”

“Eso no es nuevo.”

“No. Pero esto es distinto.”

Sonia no alcanzó a preguntar.

Vinnie entró en la cocina por el pasillo trasero, tomando la comanda de la impresora con dos dedos.

“Ese bistec lo llevo yo.”

Mark se quedó con las pinzas en el aire.

Sonia también.

Vinnie nunca llevaba platos.

Decía que para eso pagaba empleados, aunque a veces no les pagara a tiempo.

“Yo puedo llevarlo”, dijo Sonia.

“No te pregunté.”

El porterhouse salió de la parrilla minutos después, marcado por líneas perfectas, brillante de jugo, oloroso a sal y mantequilla.

Mark lo puso sobre el plato blanco.

Vinnie tomó la campana de acero.

Pero no salió directo al comedor.

Fue al pasillo trasero.

Sonia lo siguió con la mirada.

Aquel pasillo no tenía cámaras.

Vinnie había dicho dos semanas antes que el sistema estaba en mantenimiento, aunque Ashley había visto el mismo letrero de error desde el lunes anterior.

Sonia escuchó un cajón.

Un ruido pequeño de vidrio.

Después pasos.

Vinnie regresó con el plato cubierto.

Su sonrisa era mínima.

Demasiado limpia.

Sonia sintió que algo dentro de ella se iba poniendo rígido.

No tenía una prueba.

No todavía.

Solo tenía una hora escrita en una libreta, un pasillo sin cámaras, un gerente que nunca servía comida y una sonrisa de hombre que acababa de apostar contra alguien.

A veces la conciencia no habla como certeza.

Habla como náusea.

Vinnie le tendió el plato.

“Llévaselo.”

Sonia no se movió.

“Pensé que usted lo iba a llevar.”

Él la miró tan fijo que Mark bajó las pinzas.

“Llévaselo.”

Ella tomó el plato.

El metal estaba caliente bajo la campana.

Su mano izquierda tembló apenas.

Dante seguía en la mesa seis, tomando café, mirando la lluvia en el vidrio como si no tuviera prisa.

Sonia avanzó tres pasos y vio a Vinnie acomodarse en la barra para observar.

Eso fue lo que la decidió.

No el pasillo.

No el plato.

No el miedo.

La mirada.

Vinnie estaba esperando ver comer al hombre.

Sonia detuvo el paso junto al aparador de servicio, dejó el plato un segundo y arrancó una esquina de su libreta.

El papel se rasgó con un sonido mínimo.

Para ella fue un trueno.

Escribió con letra apretada.

No coma la carne.

Dobló la nota una vez.

Luego otra.

Volvió a tomar el plato.

Caminó hasta la mesa seis.

Cada mesa pareció hacerse más larga.

Cada lámpara, más brillante.

Cada segundo, más visible.

“Su porterhouse”, dijo.

Levantó la campana.

El vapor subió, rico, perfecto, casi obsceno.

Dante miró la carne.

Sonia dejó el plato frente a él y, con la mano que sostenía el cuchillo de servicio, deslizó el papel doblado bajo el mango.

No lo miró a los ojos.

No podía.

Pero vio que sus dedos se detuvieron.

Vio que leyó.

Vio que su expresión no cambió.

Eso fue lo que más la asustó.

Un hombre común habría palidecido.

Habría empujado el plato.

Habría pedido ayuda.

Dante solo dobló la nota otra vez, con calma, y la guardó bajo la palma.

Luego levantó la vista hacia Sonia.

No había gratitud en su cara.

Había reconocimiento.

Como si ella hubiera pasado una prueba que ni sabía que estaba tomando.

Desde la barra, Vinnie dejó de sonreír.

Dante metió la mano dentro de su chaqueta rota.

Sonia pensó que sacaría una cartera.

Sacó un teléfono pequeño, oscuro, sin funda.

Marcó un número de memoria.

Escuchó dos tonos.

“Mesa seis. Lombardi’s. Ahora.”

Colgó.

Nada más.

El comedor se quedó suspendido.

La pareja del prenupcial había dejado de fingir que no miraba.

El hombre del bourbon tenía el vaso a medio camino de la boca.

Ashley, junto a la puerta, estaba pálida.

Vinnie dio un paso atrás.

“No”, murmuró.

Dante apoyó el teléfono sobre la mesa.

Luego sacó un sobre del bolsillo interior de su chaqueta.

Estaba seco.

Completamente seco.

Eso, más que el teléfono, hizo que Sonia entendiera que nada de aquel hombre era accidente.

El sobre tenía un nombre escrito a mano.

Vincent Calibrazy.

Vinnie lo vio y su respiración cambió.

“No puede ser”, dijo.

Dante tocó el borde del plato con dos dedos.

“Llevas seis meses robando de esta casa.”

El comedor no entendió la frase.

Sonia sí entendió una parte.

Esta casa.

Dante no dijo “este restaurante”.

Dijo “esta casa”.

Vinnie tragó saliva.

“Yo no sabía que usted…”

“No.”

Dante lo interrumpió sin subir la voz.

“Tú sabías que el dueño murió. Sabías que la transición estaba siendo revisada. Sabías que alguien iba a venir a mirar los libros, pero esperabas a un contador con traje.”

Sonia sintió que se le enfriaban los dedos.

Dante abrió el sobre.

Adentro había copias dobladas: hojas de inventario, registros de caja, una lista de pagos atrasados y una impresión con sellos de auditoría interna.

No todos los nombres eran claros desde donde ella estaba.

Pero vio el suyo.

MITCHELL, SONIA.

Propinas retenidas.

Fechas.

Montos.

8 de octubre.

17 de octubre.

2 de noviembre.

Su estómago cayó.

Vinnie no solo la amenazaba.

La había estado robando.

Dante siguió hablando.

“El proveedor de carne reportó compras que nunca entraron por la puerta. La caja declaró devoluciones inexistentes. Dos empleados aparecen cobrando turnos que no trabajaron. Y esta noche, curiosamente, el hombre responsable decide servir mi plato personalmente.”

Mark apareció en la entrada de cocina.

Tenía la cara gris.

“¿Qué hizo?”, preguntó.

Vinnie lo señaló.

“Vuelve adentro.”

Mark no se movió.

Por primera vez desde que Sonia lo conocía, alguien no obedeció a Vinnie de inmediato.

Dante miró el bistec.

“No voy a preguntarte qué le pusiste.”

Vinnie abrió la boca.

Dante levantó una mano.

“Eso lo van a decir otros.”

Afuera, los faros barrieron los ventanales.

Una camioneta negra se detuvo frente al restaurante.

Luego otra.

Ashley soltó un sonido ahogado.

Vinnie apoyó una mano en la barra.

El poder que había usado contra todos ellos empezó a escurrírsele de la cara como agua.

La puerta se abrió.

Entraron tres hombres.

No eran policías.

No llevaban uniforme.

Traían abrigos oscuros, guantes de cuero y una disciplina silenciosa que hizo que el comedor se encogiera sin que nadie dijera una palabra.

Sonia dio un paso hacia atrás.

Dante la vio.

“Usted puede irse a casa, Sonia.”

Ella no pudo responder.

Porque en ese momento entendió la parte de la historia que nadie le había dicho.

El hombre cubierto de lodo no era un vagabundo.

No era un cliente cualquiera.

No era un inspector.

Era Dante Moretti.

El nombre no apareció en su cabeza como noticia.

Apareció como advertencia.

Había oído rumores de él en mesas del bar, entre empresarios que hablaban demasiado cuando bebían, entre cocineros que sabían qué proveedores se pagaban en efectivo y qué puertas se dejaban abiertas.

Dante Moretti no llamaba a la policía cuando alguien lo traicionaba.

Llamaba a sus propios hombres.

Vinnie lo sabía también.

Por eso estaba temblando.

“Dante”, dijo, y ya no sonó como gerente. Sonó como niño. “Fue un error.”

Dante miró el plato.

“Un error es cobrar dos veces una botella.”

Uno de los hombres de abrigo oscuro colocó una bolsa de evidencia transparente junto al bistec.

Otro tomó fotografías del plato, del cuchillo, de la nota doblada de Sonia.

El tercero se quedó junto a la puerta.

El restaurante entero miraba.

Dante habló sin levantarse.

“Esto fue una decisión.”

Vinnie empezó a llorar antes de que nadie lo tocara.

“No sabía que era usted.”

Esa frase hizo que Sonia sintiera una furia lenta.

No dijo “no lo hice”.

No dijo “no quería matar a nadie”.

Dijo que no sabía a quién estaba intentando matar.

Como si eso cambiara algo.

Dante ladeó la cabeza.

“Eso es lo que quería saber.”

El hombre que estaba junto al plato sacó un pequeño frasco del bolsillo de su abrigo y tomó una muestra de la superficie de la carne.

El olor del bistec seguía siendo delicioso.

Eso le pareció a Sonia lo más horrible.

Algunas cosas pueden estar podridas y seguir oliendo a mantequilla.

Ashley empezó a llorar en silencio.

Mark dejó las pinzas sobre la mesa de servicio.

El hombre del bourbon se levantó despacio y puso dinero bajo su vaso, como si pagar pudiera hacerlo invisible.

Nadie se movió más.

Dante tomó la nota de Sonia y la leyó de nuevo.

No coma la carne.

Cuatro palabras.

Una esquina de libreta.

La única cosa decente que alguien había hecho en todo ese restaurante esa noche.

“¿Por qué?”, preguntó él.

Sonia pensó que le preguntaba a Vinnie.

Pero Dante la miraba a ella.

“¿Por qué me avisó?”

Sonia sintió la garganta cerrada.

Porque mi padre está enfermo.

Porque necesito este trabajo.

Porque usted parecía solo.

Porque nadie debería morirse frente a mí mientras todos fingen no ver.

Nada de eso salió completo.

“Porque tenía hambre”, dijo ella al fin. “Y él lo trató como si eso lo hiciera menos humano.”

Dante no respondió enseguida.

Por primera vez, algo en su rostro se movió de verdad.

No ternura.

No exactamente.

Pero sí una sombra de respeto.

Vinnie soltó una risa desesperada.

“¿Por eso? ¿Por una nota? Ella ni siquiera sabe quién eres.”

Dante giró lentamente hacia él.

“Exactamente.”

La palabra cayó con más peso que un grito.

“Ella no sabía.”

Vinnie cerró la boca.

Dante se levantó por primera vez.

Era más alto de lo que parecía sentado.

La chaqueta embarrada cayó de sus hombros con el peso de la lluvia, pero ya nadie la miraba como basura.

“Todos ustedes sí sabían quién creían que era”, dijo, mirando el comedor. “Y actuaron en consecuencia.”

Nadie sostuvo su mirada.

Sonia tampoco.

No por culpa.

Por cansancio.

Por miedo.

Por la comprensión brutal de que una habitación entera había tenido que mirar a un hombre como menos que persona para que ella pudiera ser la única que lo viera distinto.

Dante hizo una seña.

Dos de sus hombres llevaron a Vinnie hacia el pasillo trasero.

No hubo golpes.

No hubo gritos.

Solo la mano de Vinnie aferrándose un segundo al borde de la barra antes de perderla.

“Por favor”, susurró.

Nadie contestó.

Sonia pensó que sentiría satisfacción.

No la sintió.

Sintió frío.

El mismo frío que había entrado por la puerta con Dante.

A las 9:12 p. m., uno de los hombres de Moretti le pidió a Mark que cerrara la cocina.

A las 9:18 p. m., Ashley bajó el letrero de abierto.

A las 9:26 p. m., Dante seguía sentado en la mesa seis, con el bistec intacto frente a él y la nota de Sonia junto al café.

“Si quiere llamar a la policía”, dijo ella, “yo puedo declarar.”

Dante la miró.

“Ya declaraste.”

“Eso no es una declaración.”

“Para mí sí.”

Ella no supo qué hacer con esa frase.

Su mundo tenía formularios, recibos, recetas médicas y mensajes de cobro.

El mundo de Dante parecía funcionar con deudas que no se escribían y castigos que no necesitaban juez.

Él sacó otro documento de su bolsillo.

Esta vez era una hoja doblada con el membrete del grupo propietario de Lombardi’s Prime.

Sonia no conocía el nombre de la empresa.

Nunca había estado escrito en los menús.

Nunca lo habían dicho en las reuniones.

Dante lo puso sobre la mesa, girado hacia ella.

“Vinnie retuvo propinas durante seis meses.”

Sonia miró la hoja.

Su nombre estaba allí otra vez.

Junto a una cifra que la dejó sin aire.

No era una fortuna para los clientes de Lombardi’s.

Para ella era un mes de vida.

Era medicina.

Era una parte de la colegiatura de Emma.

Era un respiro.

“Eso se le devuelve esta noche”, dijo Dante.

Sonia parpadeó.

“Yo no le pedí dinero.”

“No.”

Dante dobló las manos sobre la mesa.

“Por eso se lo ganó.”

Ella sintió que los ojos le ardían.

No quería llorar delante de él.

No quería deberle nada a un hombre cuyo nombre hacía que otros hombres bajaran la voz.

Pero el cuerpo no siempre pide permiso.

Las lágrimas llegaron igual.

Dante miró hacia Ashley.

“Todos los empleados recibirán lo que se les robó.”

Ashley se tapó la boca con las dos manos.

Mark se apoyó contra la puerta de cocina y miró al techo como si no quisiera quebrarse.

“Y usted”, dijo Dante, volviendo a Sonia, “no volverá a servir mesas aquí.”

La frase la golpeó antes de que entendiera.

“¿Me va a despedir?”

“No.”

Él casi sonrió.

“Le voy a ofrecer el puesto de gerente interina hasta que encontremos a alguien permanente. Con salario real. Beneficios. Horario humano. Y autoridad para despedir a cualquiera que trate a un empleado como Vinnie la trató a usted.”

Sonia se quedó inmóvil.

Pensó en su padre.

Pensó en Emma.

Pensó en todas las noches en que había agachado la cabeza porque necesitaba sobrevivir.

Un cuarto entero le había enseñado a un hombre que podía ser tratado como basura.

Sonia le enseñó a ese mismo cuarto que todavía había una línea que no se debía cruzar.

“¿Por qué haría eso?”, preguntó ella.

Dante tomó la nota doblada.

La levantó apenas.

“Porque cuando pensó que yo no era nadie, decidió salvarme de todos modos.”

Nadie habló.

El restaurante ya no parecía elegante.

Parecía desnudo.

Sin música, sin mentiras, sin Vinnie detrás de la barra.

Solo mesas, platos, empleados cansados y una verdad que había tardado demasiado en entrar por la puerta.

Sonia aceptó el documento con manos temblorosas.

No porque confiara en Dante.

No todavía.

Tal vez nunca del todo.

Pero porque entendió que aquella noche no había salvado a un santo.

Había salvado a un hombre peligroso.

Y aun así, lo había hecho por la razón correcta.

Dante Moretti se puso la chaqueta embarrada otra vez.

Antes de salir, dejó dinero bajo la taza de café.

Mucho más de lo que costaba la cena que nunca comió.

Sonia vio una última gota de lluvia caer desde su manga al piso de mármol.

Entonces él se detuvo en la puerta y miró hacia la mesa seis.

“El bistec”, dijo a uno de sus hombres, “guárdalo.”

“¿Para el laboratorio?”

Dante miró el pasillo por donde se habían llevado a Vinnie.

“No.”

Su voz bajó hasta volverse casi inaudible.

“Para recordarle qué decidió servir.”

Sonia no preguntó nada más.

Algunas respuestas no hacen más limpia la noche.

Solo la vuelven más real.

Y cuando finalmente salió del restaurante pasada la medianoche, con la lluvia mojándole el pelo y el primer pago recuperado en un sobre dentro de su bolso, Sonia abrió los mensajes de Emma por fin.

Su hermana había escrito: “¿Estás bien?”

Sonia miró el reflejo de Lombardi’s Prime en el charco de la banqueta.

Pensó en la carne intacta.

Pensó en la nota.

Pensó en el hombre que todos habían despreciado hasta que fue demasiado tarde para fingir respeto.

Luego escribió una sola respuesta.

“Hoy hice lo correcto.”

Y por primera vez en muchos meses, aunque no sabía qué vendría después, Sonia no sintió que la ciudad estuviera cobrando una deuda.

Sintió que alguien acababa de empezar a pagarla.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *