La Esposa Descubrió El Plan De Su Marido En Plena Luna De Miel-lbsuong

Valeria Alcázar pensaba que los días después de su boda serían el comienzo de una vida tranquila junto al hombre que había elegido para compartir su futuro. El viaje en el yate Esmeralda parecía representar todo lo que una luna de miel podía prometer: mar abierto, comodidad, privacidad y la sensación de estar lejos de cualquier problema.

Pero durante el tercer día de navegación, cuando el barco avanzaba después de salir de Puerto Cancún, algo cambió para siempre.

Lo que Valeria descubrió no fue una simple decepción matrimonial.

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Fue la confirmación de que la persona que dormía a su lado podía estar preparando su desaparición.

El yate había sido presentado como un regalo de bodas de Ernesto Alcázar, padre de Valeria y fundador de un poderoso grupo empresarial. Con cuatro niveles, camarotes elegantes, una piscina iluminada y una tripulación completa, todo parecía cuidadosamente planeado para celebrar una nueva etapa.

Nadie a bordo imaginaba que ese mismo lugar podía convertirse en una trampa.

Desde el inicio del viaje, Sebastián Rivas comenzó a tomar decisiones por ella. Cuando Valeria decía sentirse mal por el movimiento del barco, él aparecía con una solución inmediata. Le entregaba unas pastillas blancas antes de dormir, elegía qué comería y se aseguraba de que tuviera agua cerca.

Parecía un esposo atento.

Parecía preocupado.

Pero había algo que Valeria todavía no sabía.

Aquellas acciones que parecían cuidado tenían otro propósito.

Una tarde despertó sintiéndose extraña. Tenía la boca seca y el cuerpo pesado, como si le costara recuperar fuerzas. Buscó sus medicinas contra las náuseas, pero el frasco ya no estaba donde lo había dejado.

Con dificultad salió del camarote y avanzó por la escalera central apoyándose en las paredes. Fue entonces cuando escuchó voces provenientes del salón inferior.

No esperaba encontrar una conversación entre Sebastián, Rogelio y Beatriz.

Mucho menos esperaba escuchar su propio nombre.

«¿Estás seguro de la dosis?», preguntó una voz.

Sebastián respondió con tranquilidad que ya había colocado dos pastillas en la sopa y que le daría otras dos antes de las 23:00. Según él, para medianoche Valeria no tendría fuerza suficiente para mantenerse de pie.

En ese instante comprendió que las pastillas nunca habían sido una ayuda.

Habían sido parte de un plan.

Beatriz, la mujer que durante la boda la había abrazado y le había dicho que era como la hija que siempre había querido, también estaba involucrada.

No era una sospecha.

Era una traición.

Sebastián explicó que aprovecharían la tormenta después de medianoche. Le pediría a Valeria salir a popa con la excusa de tomar aire. Después solo tendría que ocurrir un empujón.

El mar se encargaría del resto.

Pero el verdadero motivo del plan apareció después.

Los 300 millones de dólares de Valeria eran el objetivo principal. Antes de la boda, Sebastián había conseguido que firmara un poder que les permitiría intentar mover el dinero a través de seis fideicomisos hasta cuentas en las Bahamas.

No solo querían eliminarla a ella.

También habían pensado en sus padres.

Ernesto y Leonor tenían previsto viajar al día siguiente a la sierra de Arteaga. Sebastián aseguró que el hombre de Gabriel ya había intervenido los frenos para provocar un accidente.

Valeria volvió al camarote antes de ser descubierta.

Se acostó y fingió dormir cuando Sebastián entró minutos después.

Él dejó dos pastillas sobre la mesa.

—Descansa, amor. Esta noche saldremos a contemplar la tormenta.

Ella esperó hasta quedarse sola.

Entonces tomó una fotografía de una de las pastillas y la envió al doctor Gabriel Montes, médico de confianza de su familia.

La respuesta llegó rápidamente: no debía tomar nada más y él hablaría con su padre.

Por primera vez parecía existir una salida.

Pero la esperanza duró poco.

Un nuevo mensaje llegó desde el número privado de Ernesto. Decía que Gabriel había sido despedido dos semanas antes por falsificar recetas y que no debía confiar ni en él ni en el capitán.

La duda volvió a apoderarse de Valeria.

Si Gabriel estaba mintiendo, estaba sola.

Si Ernesto realmente había enviado ese mensaje, alguien más podía estar controlando la información.

Entonces alguien intentó abrir la puerta del camarote.

Valeria miró las pastillas sobre la mesa, observó el océano oscuro detrás de la ventana y entendió que ya no podía saber quién estaba tratando de ayudarla y quién estaba esperando verla caer.

No abrió.

Del otro lado apareció la voz del capitán Ibarra. Aseguró que el doctor Gabriel le había informado que Valeria necesitaba ayuda.

Pero después de todo lo que había escuchado, cualquier palabra podía esconder una trampa.

Valeria mantuvo la puerta cerrada.

Guardó las pastillas lejos de su alcance y comenzó a revisar cada rincón del camarote. Necesitaba tiempo. Necesitaba una respuesta antes de que la tormenta llegara y antes de que alguien pudiera acercarse nuevamente a ella o a su familia.

La palabra CASA se repetía en su mente.

Pensaba en sus padres.

Pensaba en todo lo que estaba en juego.

Y sobre todo pensaba en una pregunta que todavía no tenía respuesta: quién dentro del barco conocía el plan y quién estaba dispuesto a detenerlo.

Porque escapar del camarote no sería suficiente.

Valeria necesitaba descubrir la verdad antes de que el siguiente movimiento de cualquiera de ellos cambiara su destino para siempre.

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