(1899, Granada) Viuda 20 Veces: Dormía Con Los Cadáveres De Sus Maridos… El Amor Que Mató A 20-lbsuong

En Granada, todos conocían a Catalina Romero como la mujer a quien la muerte perseguía.

Se había casado veinte veces y había quedado viuda diecinueve. Cada esposo moría pocos meses después de la boda, siempre por una causa aparentemente distinta: un fallo cardíaco, una fiebre repentina, una caída desafortunada o una enfermedad imposible de prever. Los médicos firmaban los certificados y Catalina guardaba exactamente un año de luto antes de volver a casarse.

La gente murmuraba, pero nadie podía probar nada.

Catalina había quedado huérfana siendo niña, después de pasar dos días encerrada junto a los cuerpos de sus padres. Desde entonces afirmaba que los muertos no desaparecían, sino que cambiaban de habitación. Criada en un convento, aprendió a preparar remedios, estudiar venenos y leer antiguos manuscritos sobre la preservación de cadáveres.

Su vigésimo esposo fue don Adolfo Montilla, un ingeniero recién llegado a Granada que desconocía los rumores. Al principio creyó haber encontrado a una mujer triste y delicada. Después comenzó a notar detalles inquietantes.

Catalina bajaba al sótano cada noche. Guardaba frascos con etiquetas en árabe. Insistía demasiado en que él terminara el café y las comidas que preparaba. Poco a poco, Adolfo comenzó a sufrir mareos, debilidad y un sabor amargo permanente en la boca.

Una noche fingió dormir y siguió a Catalina.

La vio entrar en una habitación cerrada, donde hablaba en voz baja con personas que él no podía ver. Pronunciaba nombres de hombres muertos, preguntaba cómo habían pasado el día y les cantaba como una esposa amorosa.

Convencido de que estaba siendo envenenado, Adolfo buscó las llaves ocultas de Catalina y abrió la puerta prohibida.

El sótano estaba cubierto con cortinas negras. En el centro había veinte camas de madera dispuestas en círculo. Diecinueve estaban ocupadas por cuerpos masculinos vestidos con sus mejores trajes, perfectamente conservados, con las manos cruzadas sobre el pecho.

La última cama estaba vacía.

Adolfo se acercó a uno de los cadáveres. Su piel estaba fría, pero no mostraba señales de descomposición. Parecía dormido.

Entonces escuchó la voz de Catalina detrás de él.

—Son mis esposos —dijo con absoluta serenidad—. Todos siguen conmigo.

Señaló la cama vacía y sonrió.

—Y esa, querido Adolfo, está esperando por ti.

Don Adolfo se giró bruscamente.

Catalina estaba en la puerta con una vela encendida entre las manos. No parecía sorprendida por haber sido descubierta. Al contrario, había cierto alivio en su rostro, como si durante años hubiera esperado la oportunidad de compartir su secreto con alguien.

Entró en la habitación y se acercó al primer cadáver.

—Este es Gonzalo —dijo, acariciándole la frente—. Fue mi primer esposo. Tenía miedo de dejarlo solo bajo tierra, devorado por los gusanos y olvidado por todos.

Después caminó hacia otro cuerpo.

—Sebastián era carpintero. Él construyó algunas de estas camas sin saber para qué servirían. Felipe hacía zapatos. Antonio comerciaba con ganado. Cada uno me dio compañía durante un tiempo. Yo les di algo mucho más grande: la eternidad.

Adolfo retrocedió hasta chocar contra la pared.

—Los asesinaste.

Catalina lo miró con una tristeza sincera.

—Los liberé.

Explicó que los había envenenado lentamente, usando métodos diferentes para evitar sospechas. Después preservaba sus cuerpos con sales, resinas, aceites y fórmulas aprendidas en los manuscritos del convento. Los lavaba, les cortaba el cabello, cambiaba sus ropas y conversaba con ellos todas las noches.

Para Catalina, aquella cámara no era una colección de víctimas.

Era una familia que nunca podría abandonarla.

—¿Y yo? —preguntó Adolfo, mirando la cama vacía.

—Tú debías completar el círculo. El número veinte es perfecto. He puesto arsénico en tu café durante meses. En unas semanas te habrías quedado dormido para siempre. Después te habría vestido con tu mejor traje y te habría traído aquí.

Adolfo sintió que las piernas le temblaban.

—Voy a denunciarte.

—¿Quién te creerá? —respondió ella con calma—. Todos saben que bebes. Dirán que el vino te hizo delirar. Yo soy una viuda respetable que ha perdido demasiado. Tú solo eres un hombre asustado contando historias sobre cadáveres que nadie ha visto.

Pero Catalina cometió un error.

Se acercó demasiado.

Adolfo la empujó, corrió hacia la puerta y subió las escaleras. Salió a la calle en plena noche, tambaleándose por los efectos del veneno. Los vecinos creyeron que estaba borracho cuando lo vieron golpear desesperadamente la puerta del notario Rafael Menéndez.

El notario ya sospechaba de Catalina. Había registrado todos sus matrimonios y todas las muertes. Diecinueve esposos fallecidos en circunstancias distintas, pero siempre pocos meses después de casarse.

Sin embargo, necesitaban pruebas.

Adolfo fue llevado a un médico, quien confirmó síntomas compatibles con una intoxicación prolongada. Mientras él recibía tratamiento, el notario presentó una denuncia formal ante el alcalde y el juez de Granada.

Las autoridades acudieron a la casa de Catalina acompañadas por médicos y alguaciles.

Ella los recibió vestida de negro, sin mostrar miedo.

—No tengo nada que ocultar —dijo, permitiéndoles entrar.

Los condujo personalmente al sótano.

Cuando abrieron la puerta, nadie pronunció palabra. Diecinueve cuerpos descansaban en sus camas de cedro, perfectamente vestidos y rodeados de velas. El aire olía a incienso, mirra y sustancias medicinales.

El médico examinó los cadáveres y confirmó que algunos llevaban allí casi veinte años. A pesar de eso, sus rostros permanecían reconocibles. Tenían las uñas recortadas, el cabello peinado y la ropa limpia.

Aquello no parecía el escondite de una asesina que guardaba trofeos.

Parecía el hogar de una mujer que creía cuidar a sus seres queridos.

Catalina fue arrestada sin oponer resistencia. Mientras los alguaciles la sacaban de la casa, miró hacia el sótano y susurró:

—No se preocupen. Volveré con ustedes.

Don Adolfo sobrevivió, aunque el arsénico había dañado gravemente su cuerpo. Su testimonio, los análisis médicos y las sustancias encontradas en la casa permitieron reconstruir los crímenes.

Durante el juicio, Catalina se declaró culpable de los diecinueve asesinatos.

—No los maté por odio —explicó ante una sala abarrotada—. Los amaba demasiado para permitir que la muerte me los quitara.

El fiscal la describió como una asesina fría y calculadora. Catalina lo corrigió:

—No fue sangre fría. Fue un amor tan ardiente que ni siquiera la muerte pudo apagarlo.

Cuando le permitieron hablar en su defensa, contó la historia de sus padres. Explicó que, siendo niña, había permanecido encerrada junto a sus cadáveres y que en aquel silencio creyó escuchar sus voces. Desde entonces, la soledad se había convertido en su verdadero enemigo.

—Cada persona que he amado se ha marchado —declaró—. Yo encontré una forma de evitarlo. Sé que violé las leyes de los hombres, pero si pudiera regresar al principio, volvería a hacerlo.

El tribunal la declaró culpable y la condenó a muerte.

Catalina no pidió clemencia.

Solo solicitó visitar por última vez a sus esposos.

La llevaron nuevamente a la casa bajo vigilancia. Caminó entre las camas, tocó cada rostro y pronunció cada nombre. Después se arrodilló en el centro del círculo y comenzó a cantar una antigua melodía que mezclaba palabras árabes y latinas.

El notario aseguró que, mientras Catalina cantaba, vio sombras moviéndose entre las camas. Ninguno de los otros hombres quiso confirmar su relato, pero todos abandonaron el sótano con el rostro pálido.

Poco antes de la ejecución, Adolfo visitó a Catalina en prisión.

—Necesito saber una cosa —dijo—. ¿Realmente me amabas?

Ella lo contempló con aquellos ojos oscuros que lo habían cautivado.

—Te amaba como amé a todos, pero eras especial. Ibas a completar mi familia. Quizá sobreviviste porque ellos comprendieron que ya era suficiente.

Fue la última vez que se vieron.

Catalina caminó hacia el patíbulo sin llorar ni temblar. Cuando el verdugo preparó el garrote, las campanas de Granada comenzaron a repicar.

Una vez.

Dos veces.

Hasta completar veinte campanadas.

Antes de morir, Catalina abrió los ojos y pronunció con serenidad:

—Los veinte me esperan en la siguiente habitación.

Fue enterrada en una fosa común. Sus esposos recibieron sepulturas separadas, lejos de la casa y de aquella cámara que durante años había sido su prisión.

Sin embargo, la historia no terminó allí.

Cuando algunas de aquellas tumbas fueron abiertas décadas más tarde, varios ataúdes aparecieron vacíos. Solo permanecían los restos del primer esposo, cuyos huesos estaban cubiertos por una extraña tonalidad azul que nadie logró explicar.

La antigua casa del Albaicín quedó clausurada.

Los vecinos afirmaban que cada noche se encendía una luz en las ventanas, aunque el edificio no tenía electricidad. Otros escuchaban canciones antiguas flotando en el aire y aseguraban haber visto a una mujer vestida de negro caminar por las calles sin proyectar sombra.

Tal vez eran solo historias nacidas del miedo.

O tal vez Catalina tenía razón.

Quizá los muertos nunca se marchan por completo.

Quizá solo cambian de habitación.

Y, en algún lugar oculto bajo Granada, una familia imposible continúa esperando a la mujer que prometió no abandonarla jamás.

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