Una viuda echó al padre que pidió leche para su hija hambrienta…-lbsuong

PARTE 2

Mateo se quedó inmóvil junto al pozo. Luz levantó la cabeza desde la sombra del mezquite, donde acomodaba piedritas alrededor de su muñeca.

—Ve con las gallinas, mi vida —dijo él.

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Cuando la niña se alejó, Mateo recogió el cincel y lo guardó en su morral.

—Me han llamado flojo, ladrón y muerto de hambre. En Atemajac me pusieron una escopeta en la espalda por una herramienta que nunca vi. Pero usted acaba de decir que uso el hambre de mi hija para robarle a una anciana.

—Yo pregunté porque me advirtieron.

—Y yo entendí la respuesta.

Se colgó el morral y caminó hacia el portón. Jacinta lo vio alejarse con la misma espalda rígida de Emiliano. El miedo le ganó al orgullo. Avanzó tan rápido como le permitió la rodilla y se sujetó de uno de los postes nuevos.

—¡Mateo!

Él se detuvo, pero no se volvió.

—Perdóneme. Hace 18 años otro hombre salió por ahí por culpa de mi boca. Yo pensé que desconfiar de todos era la manera de no volver a sufrir. Solo aprendí a quedarme sola.

Mateo giró despacio.

—No me llame ladrón otra vez.

—No lo haré.

—Y a Luz no le diga que casi nos fuimos.

—Tampoco.

Mateo regresó. No volvió a tratarla con la misma confianza, pero terminó el pozo sin esconderle nada. La grieta era más grave de lo que parecía: una piedra de la base se había movido. Podía taparla en 1 día y dejarla bonita, o desmontar media pared, asentarla de nuevo y tardar 4 días.

—La segunda opción le cuesta 4 días de comida —dijo Jacinta—. Le convendría mentirme.

Mateo frunció el ceño.

—Si el agua se ensucia y mata a Canela, ¿cómo duermo después?

Jacinta tuvo que entrar a la cocina. Julián decía exactamente lo mismo.

El cambio verdadero empezó con Humo, el gato gris y tuerto que llevaba 7 años evitando cualquier mano humana. Una tarde, Jacinta lo encontró panza arriba mientras Luz le rascaba el vientre.

—Ese animal muerde.

—A mí no —respondió la niña.

—¿Cómo lo sabes?

Luz levantó su muñeca sin brazo.

—Porque a los que les falta algo les da menos miedo acercarse a otros rotos.

Jacinta se sentó en el escalón. Esa noche sirvió 3 platos dentro de la casa.

—Usted dijo que yo no podía entrar —recordó Mateo desde la puerta.

—También dije que se fuera. No convierta mis peores palabras en mandamientos.

Durante la cena, Luz miró las paredes, el reloj, las fotografías y el techo de vigas.

—¿No se le pierde una casa tan grande?

—¿Cómo se va a perder una casa?

—Nosotros dormimos en un lugar y al día siguiente en otro. A veces mi papá despierta y tarda en recordar dónde estamos.

Mateo bajó la mirada. Jacinta se levantó por la jarra para que nadie viera que lloraba.

El domingo caminaron juntos a misa. Jacinta llevaba su vestido oscuro; Luz, 2 trenzas con listones azules; Mateo, la única camisa que no tenía manchas de mezcla. En la entrada de la iglesia, don Eusebio Varela los observó desde su tienda de abarrotes. Era un hombre de 62 años, dueño de media calle y acreedor de la otra media.

—Doña Jacinta, qué bueno que ya tenga quien la ayude —dijo, estrechando la mano de Mateo—. Una mujer sola no debería aferrarse a un rancho tan grande.

—La cerca ya está levantada y el pozo quedará firme —contestó ella—. El rancho todavía sabe sostenerse.

La sonrisa de don Eusebio se endureció apenas.

Esa noche, Mateo contó por qué viajaba con Luz. Su esposa, Maribel, se había marchado 4 años antes, durante una sequía. Se fue con un comprador de ganado que tenía camioneta, dinero y promesas. Dejó a la niña dormida junto a una nota de 2 palabras: “Perdóname, Mateo”.

—Yo me sentí orgulloso —confesó—. Pensé que me dejó a Luz porque sabía que conmigo estaría mejor. Después entendí que había convertido a mi hija en el premio del abandono.

—No fue un premio —dijo Jacinta—. Usted se quedó. Esa es la diferencia entre querer a alguien y querer sentirse bueno.

—Me quedé, pero la he cargado con hambre.

—La ha cargado. Otros la habrían soltado.

Jacinta habló entonces de Emiliano: del muchacho hábil con la madera, de la discusión, del portón y de las 4 cartas cerradas. No defendió su silencio. Lo llamó cobardía.

—Todavía puede abrirlas —dijo Mateo.

—Todavía pueden decir que me odia.

—Y cerradas dicen algo peor: nada.

2 noches después, un zorro se metió al gallinero. Mateo corrió descalzo y logró espantarlo, pero una lámina le abrió el pie. Luz salió y vio la sangre.

—¿Te vas a morir?

—No, mi vida.

—Júralo.

Mateo la sentó sobre sus piernas y lo juró. La niña se durmió abrazada a su cuello. Él miró a Jacinta mientras ella le limpiaba la herida.

—No preguntó si me dolía. Preguntó si iba a morir porque sabe que no tiene a nadie más.

—Ahora tiene esta casa mientras la necesite.

Mateo respiró hondo.

—Eso es lo que me asusta. Luz ya cree que puede quedarse.

Jacinta también lo creía. Por eso, cuando el pozo quedó terminado y Mateo anunció que se marcharía el lunes, ella inventó una malla rota en el gallinero, una puerta floja y hasta una gotera inexistente.

—No hay nada más que reparar —dijo él con suavidad.

—Entonces váyanse —respondió Jacinta, y abandonó la mesa antes de que le vieran temblar las manos.

Al día siguiente llegó don Eusebio en su camioneta. Sacó un contrato viejo y afirmó que Julián había dejado sin pagar un préstamo de la gran sequía. Según sus cuentas, 12 años de intereses convertían la deuda en una cantidad imposible.

—Puedo comprarle El Mezquite, liquidar el adeudo y darle una casa detrás de la parroquia —ofreció—. A su edad necesita tranquilidad, no tierra.

—Julián pagó ese préstamo.

—Pagó una parte. Tiene hasta fin de mes.

Antes de irse, don Eusebio miró la cerca nueva.

—Nadie del pueblo quiso repararla porque todos saben quién será el próximo dueño.

Jacinta permaneció en el corredor hasta que oscureció. Cuando Mateo la encontró, ella le contó todo. Él preguntó por la copia del contrato. Jacinta recordó la caja de galletas.

La bajaron del ropero. Encima estaban las 4 cartas. Mateo las colocó a un lado sin leer los sobres. Debajo encontraron escrituras, recibos y el contrato original. Jacinta se puso los lentes y leyó 3 veces la cláusula de garantía.

—La deuda estaba respaldada por la cosecha de maíz de ese año —dijo—. No por el rancho.

—Entonces don Eusebio miente.

—Pero tiene dinero, conocidos y otra copia.

Mateo calculó lo que costaría viajar a Guadalajara, contratar un abogado y registrar una oposición. Jacinta no tenía ni el 15%.

—En Guadalajara hay obra —dijo él—. Puedo trabajar 4 meses, 12 horas al día.

—Tiene una hija.

—Y ella necesita algo más que un padre que nunca la suelta. Necesita una casa que siga aquí mañana.

Jacinta peleó durante 1 semana. Le ofreció vender a Canela, sus gallinas y el reloj de Julián. Mateo se negó. Al final, ella lo hirió donde sabía.

—Usted se va por dinero igual que Maribel.

Mateo dejó la marra en el suelo.

—Ella se fue para siempre. Yo me voy 4 meses y vuelvo en una fecha. Esa es toda la diferencia.

La fecha fue el 15 de noviembre. Mateo dejó a Luz con Jacinta porque una obra no era lugar para una niña. Antes de subir al camión, se arrodilló frente a ella.

—Voy a regresar.

—¿Seguro?

—Aunque tenga que venir caminando.

Los primeros días, Luz dormía vestida por miedo a que la echaran. Jacinta comenzó a enseñarle las letras con carbón sobre tablas sobrantes. También abrió la primera carta de Emiliano. Él le pedía perdón por haberse ido enojado. En la segunda contaba que trabajaba en una fábrica de vidrio en Tlaquepaque. En la tercera decía que había intentado volver para el funeral de Julián, pero recibió tarde la noticia. En la cuarta, escrita 11 años antes, suplicaba una respuesta y dejaba una dirección incompleta.

Jacinta lloró hasta quedarse sin voz. No había perdido a su hijo por la frase del portón, sino por 11 años de silencio.

Mateo enviaba cartas dictadas a un compañero. Contaba que cargaba varilla, que dormía 4 horas y que no gastaba en cerveza.

En Guadalajara, Mateo consiguió trabajo en una torre de departamentos cerca de Periférico. Cargaba bultos de cemento, amarraba varilla y subía tablones por escaleras sin barandal. El capataz, Samuel Neri, descubrió que medía mejor que varios oficiales y lo puso a corregir cimbras. Aun así, Mateo aceptaba los turnos nocturnos porque pagaban un poco más. Dormía en un cuarto con 8 trabajadores y guardaba cada billete dentro de una bolsa cosida a la camisa.

—Compra aunque sea otros zapatos —le aconsejó Samuel al verlo caminar con las suelas abiertas.

—Los que tengo todavía llegan al 15 de noviembre.

Una tarde, una tabla cedió y Mateo cayó desde un andamio bajo. Se golpeó la espalda y pasó 2 días respirando con dolor, pero no avisó a Jacinta. Solo dictó una carta diciendo que estaba bien. Samuel, que escribía por él, dejó el lápiz sobre la mesa.

—No estás bien.

—Si Luz lee que me caí, va a dormir junto al portón desde mañana. Escriba que vi los cerros después de la lluvia.

Mientras tanto, en El Mezquite, Jacinta enseñaba a Luz a ordeñar a Canela sin asustarla y a contar las gallinas antes de cerrar el corral. La niña dejó de dormir vestida, pero cada mañana preguntaba cuántos días faltaban. Jacinta marcaba 1 raya en la pared de la cocina. Nunca confesó que ella también las contaba antes de acostarse.

En octubre escribió que ya había reunido el dinero. Jacinta enfrentó a don Eusebio con el contrato en una mano y la carta en la otra.

—Tengo a un hombre en Guadalajara que vuelve el 15 de noviembre.

—He visto marcharse a muchos —se burló él—. Casi ninguno regresa.

—Mateo sí.

El 8 de noviembre, Jacinta enfermó. El pecho le dolía y apenas podía caminar. Ocultó la fiebre porque temía que un recado hiciera abandonar la obra a Mateo antes de cobrar. Luz la descubrió, pero obedeció cuando Jacinta le dio el contrato.

—Si me duermo demasiado, espera a tu papá dentro del portón. Le entregas esto y le dices que no lo suelte.

El 15 de noviembre, Mateo bajó del camión con el dinero cosido dentro de la camisa. Corrió los últimos kilómetros. Desde la curva vio la cerca firme, el patio silencioso y a Luz sentada detrás del portón con la plomada de Julián colgada del cuello.

La niña no corrió a abrazarlo. Le entregó el contrato con ambas manos.

—Doña Jacinta lleva 2 días sin abrir los ojos —dijo…

PARTE 3 …

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