Hijo mimado desapareció en 1981 – su guardaespaldas fue hallado muerto-lbsuong

 

Don Aurelio se negaba a aceptar que el dinero ya no bastaba para proteger a su hijo.

Durante años había comprado silencios.

Había pagado abogados, médicos, periodistas y policías.

Cada problema terminaba resolviéndose con un cheque.

Cada escándalo desaparecía antes de llegar a la primera plana.

Pero había algo que el dinero no conseguía controlar.

El miedo.

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Por eso, a comienzos de 1981, tomó una decisión que consideró necesaria.

Contrató un guardaespaldas permanente.

No era la primera vez que Sebastián tenía seguridad.

Sin embargo, los anteriores escoltas apenas duraban unos meses.

El joven los despedía, los humillaba o simplemente dejaba de obedecer sus instrucciones.

Esta vez fue diferente.

El hombre elegido se llamaba Octavio Ruiz Flores.

Tenía cuarenta y seis años.

Había servido durante casi veinte años en el Ejército Mexicano antes de retirarse con una reputación impecable.

Era alto, disciplinado y extraordinariamente discreto.

No fumaba.

No bebía.

Jamás levantaba la voz.

Los empleados de la mansión comenzaron a respetarlo desde el primer día.

Sebastián, en cambio, lo detestó inmediatamente.

—No necesito una niñera —protestó durante la cena.

Don Aurelio ni siquiera levantó la vista del periódico.

—No te pregunté si la necesitabas.

Te informé que la tendrás.

Durante las primeras semanas, la convivencia fue insoportable.

Sebastián intentaba perderlo cambiando de ruta.

Octavio aparecía cinco minutos después.

Salía por una puerta trasera.

El exmilitar ya lo esperaba junto al automóvil.

Inventaba reuniones inexistentes.

Octavio verificaba cada dirección antes de arrancar el motor.

Poco a poco, incluso Sebastián comprendió que era imposible librarse de él.

Con el tiempo ocurrió algo inesperado.

Comenzó a confiar.

No porque quisiera.

Sino porque Octavio nunca lo juzgaba.

Cuando Sebastián regresaba de madrugada completamente intoxicado, el guardaespaldas lo ayudaba a entrar en silencio.

Cuando sufría ataques de ansiedad provocados por la cocaína, permanecía sentado fuera de la habitación hasta que todo pasaba.

Nunca hacía preguntas.

Nunca comentaba nada con los padres.

Esa lealtad terminó desarmando al muchacho.

Una noche, mientras regresaban de una fiesta, Sebastián rompió el silencio.

—¿Sabes por qué consumo?

Octavio mantuvo los ojos sobre la carretera.

—Si quiere contármelo, lo escucharé.

—Porque aquí nadie me ve.

Todos ven al apellido.

Al dinero.

Al heredero.

Nadie me conoce.

Octavio tardó unos segundos en responder.

—Las personas más solas que conocí durante mi servicio no eran las más pobres.

Eran las que no podían confiar en nadie.

Sebastián sonrió con amargura.

—Entonces ya sabes exactamente cómo vivo.

Aquella conversación cambió la relación entre ambos.

Por primera vez en muchos años, Sebastián encontró a alguien que no quería impresionarlo ni aprovecharse de él.

Y Octavio descubrió que detrás del joven arrogante existía un hombre profundamente perdido.

Los empleados comenzaron a notar pequeños cambios.

Sebastián bebía menos.

Pasaba más tiempo en la oficina de las empresas familiares.

Incluso aceptó asistir varias semanas seguidas a reuniones con un psicólogo.

Mercedes creyó que finalmente su hijo estaba madurando.

Don Aurelio pensó que simplemente era una etapa.

Ninguno imaginaba que Sebastián escondía otra preocupación.

Durante los últimos meses había comenzado a revisar antiguos documentos de la empresa.

Lo hacía por aburrimiento al principio.

Después por curiosidad.

Y finalmente por desconfianza.

Las cuentas no coincidían.

Existían propiedades registradas a nombre de personas fallecidas.

Transferencias enormes hacia empresas inexistentes.

Pagos realizados desde cuentas abiertas en Panamá.

Sebastián no era un gran administrador.

Pero sabía sumar.

Y sabía cuándo alguien intentaba ocultar millones de pesos.

Una tarde llevó algunos papeles hasta la caseta donde Octavio descansaba.

—Mira esto.

El guardaespaldas observó los documentos.

—No entiendo mucho de contabilidad.

—No hace falta.

Solo dime si esto te parece normal.

Octavio examinó las fechas.

Los nombres.

Las firmas.

Frunció el ceño.

—Hay demasiadas personas cobrando después de haber muerto.

Sebastián asintió lentamente.

—Exactamente.

Algo muy raro está ocurriendo dentro de la empresa de mi padre.

Durante las siguientes semanas continuó investigando.

Sin avisar a nadie.

Ni siquiera a sus padres.

Solo Octavio conocía aquellas sospechas.

Fue un error.

Porque alguien más también comenzó a notar que Sebastián hacía demasiadas preguntas.

El lunes 8 de junio de 1981 amaneció despejado sobre Guadalajara.

Mercedes desayunó con su hijo.

Le pidió que esa noche regresara temprano.

Habían organizado una cena familiar con unos empresarios de Monterrey.

Sebastián prometió estar de vuelta antes de las nueve.

A las once de la mañana salió de la mansión.

Vestía pantalón beige, camisa azul clara y lentes oscuros.

Octavio conducía un Mercedes negro de la familia.

El primer destino fue una sucursal bancaria del centro.

Después visitaron dos oficinas pertenecientes al grupo empresarial Castillo.

En ambos lugares Sebastián solicitó copias de antiguos contratos.

Los empleados parecían incómodos.

Uno de los contadores incluso telefoneó discretamente a alguien apenas el joven abandonó el edificio.

A las tres de la tarde almorzaron en un restaurante de Providencia.

El mesero recordaría más tarde que Sebastián parecía nervioso.

Revisaba constantemente un sobre amarillo lleno de documentos.

A las cuatro y veinte recibió una llamada.

Escuchó durante casi un minuto.

No respondió una sola palabra.

Solo dijo al final:

—Está bien.

Voy para allá.

Colgó.

Miró a Octavio.

—Tenemos que hacer una última parada.

—¿Dónde?

—Alguien dice tener pruebas de lo que estoy buscando.

Octavio sintió un mal presentimiento.

—¿Quién?

—No quiso decir su nombre.

Solo pidió que fuera solo con usted.

El exmilitar permaneció en silencio.

Aquello no le gustaba.

Nada.

—No deberíamos ir.

Sebastián guardó el sobre dentro de un portafolio.

—Si tiene razón, hoy mismo sabremos quién está robando a mi padre.

Octavio arrancó el automóvil.

Mientras avanzaban hacia las afueras de Guadalajara, observó varias veces por el espejo retrovisor.

Un sedán gris parecía seguirlos desde hacía varios kilómetros.

No comentó nada.

Solo cambió de ruta dos veces.

El otro vehículo hizo exactamente lo mismo.

Entonces confirmó que no era una coincidencia.

—Nos siguen.

Sebastián giró discretamente la cabeza.

—¿Está seguro?

—Completamente.

El joven respiró hondo.

—Entonces alguien sabe que estamos investigando.

El Mercedes abandonó la carretera principal y tomó un camino secundario rodeado de bodegas industriales.

Según las indicaciones recibidas por teléfono, allí los esperaba un hombre dispuesto a hablar.

Llegaron a las cinco y diez de la tarde.

El lugar parecía abandonado.

Solo había una antigua nave de ladrillo, varias ventanas rotas y enormes portones oxidados.

Octavio descendió primero.

Revisó el perímetro.

No encontró a nadie.

Regresó hacia Sebastián.

—No me gusta este sitio.

Vámonos.

En ese instante escucharon un motor acercándose.

No era el sedán gris.

Eran dos camionetas sin placas.

Entraron al terreno levantando una nube de polvo.

Octavio reaccionó por instinto.

Empujó a Sebastián detrás del Mercedes.

Sacó su arma.

Pero antes de que pudiera apuntar, una explosión ensordecedora sacudió el aire.

Los cristales del automóvil estallaron.

Los trabajadores de una fábrica cercana escucharon varios disparos.

Después…

Silencio.

Cuando la policía llegó cuarenta minutos más tarde, el terreno estaba completamente vacío.

El Mercedes seguía allí.

Con las puertas abiertas.

Había sangre sobre la grava.

El portafolio de Sebastián había desaparecido.

También Octavio.

Y el heredero de la familia Castillo.

Durante dieciocho años nadie supo qué había ocurrido realmente aquella tarde.

Hasta que, en 1999, unos obreros comenzaron a demoler una antigua bodega industrial para construir un complejo comercial.

Al retirar una gruesa losa de concreto, descubrieron un compartimento oculto.

Dentro yacía el cuerpo de un hombre.

Todavía llevaba colgada del cuello una vieja placa metálica con un nombre grabado.

Octavio Ruiz Flores.

Pero Sebastián Castillo…

No estaba allí.

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