A Los 65 Despertó Con Un Extraño Y Halló La Foto Que La Rompió-lbsuong

A los 65, pasé la noche con un extraño porque mis propios hijos ni siquiera me llamaron en mi cumpleaños.

A la mañana siguiente, desperté en un hotel del centro de la Ciudad de México… y lo que encontré en su cartera me dejó sin aire.

Me llamo Teresa Aguilar.

Image

Cumplí 65 años un martes.

Nadie llamó.

Ni mis hijos.

Ni mis nueras.

Ni mis nietos.

Ni siquiera un mensaje seco, de esos que se mandan sin pensar, diciendo: “Feliz cumpleaños, que Dios te bendiga”.

Nada.

Ese día el silencio no fue ausencia.

Fue una respuesta.

Pasé la tarde sentada junto a la ventana de mi casita en las afueras de Toluca, con las manos sobre el regazo y la mirada perdida en la calle vacía.

Había preparado arroz rojo, como cuando mis hijos eran chicos y corrían por la cocina peleándose por quién iba a raspar la cazuela.

Compré una rebanada de pastel en la panadería, una sola, porque comprar uno entero me habría parecido una burla.

Le puse una velita.

La encendí.

Y esperé.

Primero esperé con esperanza.

Luego con vergüenza.

Después con esa calma triste que llega cuando una ya sabe la respuesta pero todavía se queda mirando el teléfono.

La vela se consumió sola.

La cera cayó sobre el betún en un hilo torcido, y el olor dulce del pastel se mezcló con el humo de la mecha apagada.

Ahí entendí algo que dolía más que cumplir años.

Yo no estaba envejeciendo acompañada.

Me estaba borrando despacio.

Mi esposo, Roberto Mendoza, había muerto doce años antes.

Durante los primeros meses después del entierro, mis hijos venían a verme casi cada semana.

Traían pan, preguntaban por las goteras, revisaban si había pagado la luz, me besaban en la frente como si yo fuera de vidrio.

Luego las visitas se fueron espaciando.

Una semana se convirtió en un mes.

Un mes en una llamada rápida.

Una llamada rápida en mensajes que decían: “Mamá, ahorita estoy ocupado, luego te marco”.

Nunca marcaban.

Mi hijo mayor se fue a Monterrey.

El segundo se instaló en Guadalajara.

El menor vivía en la Ciudad de México y aun así era el que menos venía.

Todos repetían la misma frase cuando se despedían.

“Mamá, háblanos si necesitas algo”.

Era una frase hermosa cuando se decía con amor.

Pero ellos la decían como quien cierra una puerta.

Cuando me enfermé de una infección fuerte, respondieron dos días después.

Cuando el tanque de gas falló, me dijeron que buscara a algún vecino.

En Navidad prometieron venir y luego avisaron que el tráfico estaba imposible.

Y cuando cumplí 65, ni siquiera recordaron que yo existía.

A las nueve de la noche me levanté de la silla.

Me quité el mandil lentamente, como si me estuviera quitando una piel vieja.

Fui al cuarto, abrí el clóset y saqué un vestido azul que no usaba desde el bautizo de mi nieta.

Olía a guardado, a jabón viejo y a una versión de mí que todavía se arreglaba para que alguien la mirara.

Me lo puse.

Me pinté los labios con un labial que estaba casi seco.

Peiné mi cabello con los dedos.

Tomé mi bolso, guardé mi identificación, un poco de efectivo, mis lentes y las llaves de la casa.

Antes de salir, miré el pastel en la mesa.

La rebanada seguía intacta.

La vela estaba negra en la punta.

No la tiré.

No sé por qué.

Tal vez porque una parte de mí quería dejar prueba de que yo sí había estado ahí.

Subí a un autobús hacia la Ciudad de México.

No tenía plan.

No tenía permiso de nadie.

Y por primera vez en muchos años, esas dos cosas no me parecieron una tragedia.

Me parecieron aire.

Llegué al centro casi a las once.

Las calles seguían despiertas, llenas de luces, cláxones, parejas tomadas de la mano y muchachos riéndose con esa libertad que una cree que nunca va a perder.

Yo caminaba despacio porque los zapatos me apretaban, pero seguí caminando.

Cada paso me dolía en los pies.

Cada paso me quitaba un poco de miedo.

Entré a un bar pequeño cerca de una avenida muy iluminada.

No era elegante.

Tenía luces amarillas, música suave, mesas de madera y un olor mezclado a vino, perfume, café y pisos recién trapeados.

Me gustó porque nadie me conocía.

Nadie me llamó “doña Teresa”.

Nadie me preguntó si ya me había tomado la pastilla de la presión.

Nadie me miró como si yo fuera solo una abuela ocupando espacio.

Me senté en una mesa de la esquina y pedí una copa de vino tinto.

La primera en años.

Cuando la probé, me quemó la garganta.

Pero también me despertó algo.

Algo terco.

Algo mío.

Estaba mirando el reflejo de las luces en la copa cuando él se acercó.

No era joven, pero tampoco viejo.

Tendría cuarenta y tantos.

Cabello oscuro con algunas canas, camisa blanca, manos cuidadas, ojos tranquilos.

No tenía la sonrisa de un hombre que persigue.

Tenía la mirada de alguien que espera.

—¿Puedo invitarle otra copa? —preguntó.

Me reí por nervios.

—A mi edad, joven, no se le compra una copa así nada más a una mujer.

Él inclinó apenas la cabeza.

—Entonces pregunto bien. ¿Puedo sentarme con usted?

Yo debí decir que no.

Una mujer prudente habría dicho que no.

Una madre respetable habría vuelto a su casa.

Una viuda decente habría recordado el retrato de su esposo en la sala y se habría levantado de inmediato.

Pero esa noche yo estaba cansada de ser prudente, respetable y decente para gente que ni siquiera me llamó.

Le dije que sí.

Dijo llamarse Gabriel.

No me preguntó de inmediato si estaba casada.

No me preguntó cuántos hijos tenía.

No hizo bromas sobre mi edad.

Me habló como si mis palabras tuvieran peso.

Me habló como si yo siguiera siendo una mujer completa.

Eso me asustó más que si hubiera sido grosero.

Porque una se acostumbra a que la vuelvan invisible, y cuando alguien la mira de verdad, la piel no sabe si abrirse o defenderse.

Gabriel me preguntó qué estaba celebrando.

Levanté la copa.

—Mi cumpleaños.

Su sonrisa cambió.

—¿Vino sola?

—Parece que así llegué a esta edad —respondí.

No lo dije para dar lástima.

Lo dije porque era cierto.

La verdad, cuando ya no se tiene a quién proteger de ella, sale sola.

Le conté de Roberto.

De mis hijos.

De mi casa silenciosa.

De la rebanada de pastel.

De la vela apagándose sin que nadie cantara.

Gabriel escuchó sin interrumpir.

No llenó mis pausas con consejos.

No me dijo que entendía.

No me pidió que perdonara.

Solo escuchó.

Y eso, por alguna razón, fue lo que más me rompió.

A veces una no llora porque alguien la hiere.

A veces llora porque alguien por fin le cree.

Cerca de la una de la mañana, Gabriel dejó su copa sobre la mesa y me miró con una seriedad que me obligó a enderezarme.

—Teresa, usted no parece triste.

—¿No?

—Parece cansada de pedir permiso para existir.

Me quedé inmóvil.

La música seguía sonando, una pareja reía cerca de la barra, alguien dejó caer una cuchara en una taza, pero todo eso se volvió lejano.

Porque Gabriel había dicho en una frase lo que yo llevaba años sin atreverme a nombrar.

Toda mi vida había pedido permiso.

Para salir.

Para comprar algo para mí.

Para descansar.

Para enojarme.

Para sentirme bonita.

Para desear que alguien se sentara a mi lado sin necesitar nada de mí.

Primero se lo pedí a mis padres.

Luego a mi esposo.

Después a mis hijos.

Y al final, sin darme cuenta, se lo empecé a pedir hasta a los muertos.

Esa noche no pedí permiso.

No voy a decir que fue amor.

Sería mentira.

Fue soledad.

Fue necesidad.

Fue hambre de una voz, de una mano cálida, de una mirada sin lástima.

Gabriel caminó conmigo por la calle.

No me jaló.

No me presionó.

Me preguntó dos veces si estaba segura.

Yo pensé en mi casa vacía, en la cera seca sobre el pastel, en el teléfono callado sobre la mesa.

Y le dije que sí.

Fuimos a un hotel pequeño.

Pude volver a la terminal.

Pude pensar en mis hijos, en mi edad, en lo que diría la gente si me viera entrar ahí con un hombre que acababa de conocer.

Pero a veces la vergüenza que más pesa no es la que otros te ponen encima.

Es la que tú misma aceptas cargar para no molestar.

Entré.

A la mañana siguiente, desperté con luz entrando por una cortina gris.

Por unos segundos no supe dónde estaba.

Luego escuché el agua de la regadera.

Gabriel estaba en el baño.

Mi vestido azul estaba sobre una silla.

Mis zapatos descansaban junto a la cama.

El cuarto olía a jabón, café viejo y sábanas tibias.

Me senté despacio.

Esperé que llegara el arrepentimiento.

No llegó.

Eso fue lo primero que me dio miedo.

No me arrepentía.

No me sentía sucia.

No me sentía ridícula.

Me sentía viva, y esa palabra me dio más vergüenza que cualquier pecado.

Me puse la bata del hotel y caminé hacia la mesa buscando mis lentes.

La cartera de Gabriel estaba ahí.

Abierta.

No quise mirar.

Lo juro.

Pero una fotografía asomaba de uno de los compartimentos.

Era vieja, amarillenta, con los bordes gastados como si muchas manos la hubieran tocado durante años.

La tomé apenas con la punta de los dedos.

Y el aire desapareció.

Era Roberto.

Mi Roberto.

Joven.

Con el mismo traje café que usó en nuestra boda civil.

Tenía el cabello peinado hacia atrás y esa sonrisa tímida que yo había guardado en la memoria como una reliquia.

Pero no estaba conmigo.

A su lado había una mujer que yo no conocía.

Y en brazos de esa mujer, un bebé.

Di vuelta a la foto.

En la parte de atrás, con tinta azul, alguien había escrito:

“Para Gabriel. Si nunca encuentro el valor, busca a Teresa”.

La foto cayó de mis manos.

El golpe fue pequeño.

Pero dentro de mí sonó como una puerta derrumbándose.

La regadera se apagó.

Gabriel salió con una toalla alrededor de la cintura y el cabello mojado.

Me vio.

Vio la foto en el piso.

Y dejó de sonreír.

—Teresa…

Yo retrocedí hasta chocar con la silla.

—¿Quién eres?

—Necesito que me escuche.

—¿Quién eres? —repetí.

Mi voz no parecía mía.

Gabriel respiró hondo, como si hubiera ensayado ese momento durante años y aun así no estuviera listo.

—Roberto me pidió que la encontrara.

El cuarto se movió.

La cama, la mesa, las cortinas, el piso.

Todo pareció inclinarse.

—Mi esposo murió hace doce años.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué tienes su foto?

Gabriel tomó su cartera, pero no se acercó.

—Porque Roberto no murió sin dejar algo atrás, Teresa.

Me salió una risa seca, fea, sin alegría.

—Me dejó una casa vieja, deudas y tres hijos que no se acuerdan de mí.

Gabriel bajó los ojos.

—No. Eso es lo que sus hijos hicieron que usted creyera.

Esa frase me golpeó de una forma que ninguna otra había logrado.

—¿Qué dijiste?

Él caminó hacia su maleta y sacó una carpeta negra.

Hasta ese momento yo ni siquiera la había visto.

La puso sobre la mesa y la abrió con cuidado.

Dentro había estados de cuenta, copias certificadas, hojas con sellos, firmas, fechas, cantidades y palabras que parecían escritas para lastimar sin levantar la voz.

Autorizar.

Transferir.

Declarar.

Vender.

Después sacó un sobre cerrado.

Tenía mi nombre completo al frente.

Teresa Aguilar, viuda de Mendoza.

La letra era de Roberto.

Yo conocía esa inclinación de la R, esa forma de apretar la pluma cuando escribía mi apellido.

Mis rodillas se doblaron.

Gabriel dio un paso para sostenerme.

Lo empujé con fuerza.

—No me toques.

Él levantó las manos.

—Perdón.

Tomé el sobre.

Mis dedos temblaban tanto que el papel crujía.

Encima decía:

“Para mi esposa. Entregarle solo cuando mis hijos la dejen completamente sola”.

Ahí sí lloré.

No por Roberto.

No todavía.

Lloré porque mi esposo muerto había entendido mi abandono antes que mis hijos vivos.

Gabriel habló con la voz baja.

—Su esposo dejó un fideicomiso. Propiedades. Dinero. Documentos. Quiso asegurarse de que usted estuviera protegida, pero alguien impidió que lo supiera.

—No.

—Sí.

—Mis hijos no harían eso.

Gabriel no discutió.

Solo deslizó una copia hacia mí.

Ahí estaban sus nombres.

Los nombres que yo había elegido con Roberto cuando todavía creíamos que la familia era una promesa para toda la vida.

Tres firmas.

Tres fechas.

Tres hijos.

Debajo aparecía una cantidad.

$180,000.

La cifra me revolvió el estómago.

—No la llamaron ayer —dijo Gabriel— porque estaban reunidos con un abogado para intentar declararla incapaz de cuidarse sola.

La palabra incapaz quedó suspendida en el aire.

Incapaz.

Yo, que los bañé cuando tenían fiebre.

Yo, que trabajé limpiando casas cuando Roberto enfermó.

Yo, que vendí mis aretes para pagar útiles escolares.

Yo, que aprendí a dormir sentada en hospitales.

Yo era incapaz.

El cuarto quedó congelado.

Una gota de agua cayó del cabello de Gabriel al piso.

El teléfono vibró sobre la mesa, pero ninguno de los dos lo miró.

Yo pasé los ojos por las hojas sin entender del todo, aunque mi cuerpo ya sabía la verdad.

Había una casa grande en la colonia San Judas.

Una propiedad que, según esos documentos, estaba a mi nombre.

Roberto la había dejado protegida.

Mis hijos querían venderla.

Yo ni siquiera sabía que existía.

No sabía de la casa.

No sabía del fideicomiso.

No sabía de Gabriel.

No sabía cuántos años de mi vida habían sido administrados por otros mientras me hacían creer que debía agradecer las sobras.

Entonces vi otro papel.

Un acta de nacimiento.

Nombre completo.

Fecha.

Apellido.

Mi mano se detuvo sobre la hoja.

Levanté la vista.

—¿Por qué aparece tu nombre aquí?

Gabriel se quedó quieto.

Muy quieto.

Como si hasta respirar pudiera rompernos más.

—Teresa…

—Dime la verdad.

Cerró los ojos un segundo.

Cuando los abrió, ya no parecía el hombre del bar.

Parecía un niño esperando castigo por una culpa que no escogió.

—Porque Roberto no solo me pidió que la encontrara.

Me llevé la mano al pecho.

—Entonces ¿qué?

Gabriel recogió la foto vieja del piso.

La miró con un dolor tan limpio que me dio miedo entenderlo.

Luego dijo:

—Porque yo también soy hijo de Roberto.

El mundo no explotó.

Eso fue lo peor.

El mundo siguió ahí, con la cama deshecha, la cortina gris, mis zapatos en el suelo y los papeles sobre la mesa.

Yo fui la que se rompió.

—No —susurré.

Gabriel no se defendió.

No me pidió perdón.

No me llamó mamá.

Solo dejó la foto sobre la mesa, entre el sobre de Roberto y el acta de nacimiento.

—Él me buscó cuando yo ya era adulto —dijo—. No supe de usted hasta después. No vine a reclamar nada. Vine porque me lo pidió.

—¿Y anoche? —pregunté, con asco de mí misma y de él y de todo lo que no entendía.

Su cara se descompuso.

—Anoche no sabía que usted era usted.

Quise creerle.

Quise no creerle.

Ambas cosas dolían igual.

—Yo sabía su nombre completo —continuó—, pero Roberto me dejó una dirección vieja y una foto de hace muchos años. La vi en el bar y me pareció familiar, pero no estaba seguro. Cuando usted habló de Roberto, de sus hijos, de su cumpleaños… empecé a entender.

—Pudiste decirlo.

—Sí.

Esa respuesta me enfureció más que una excusa.

Porque era verdad.

Pudo decirlo.

No lo hizo.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez sí miré.

Era mi hijo menor.

El mismo que no me había llamado el día anterior.

La pantalla iluminó los documentos como si también quisiera declarar contra él.

No contesté de inmediato.

Mis dedos se quedaron suspendidos sobre el aparato.

Gabriel miró el nombre y palideció.

—Teresa, antes de contestar, necesita saber algo más.

Yo levanté la mirada.

—¿Más?

Él tragó saliva.

—Roberto no dejó solo una carta para usted.

Abrió un compartimento interior de la carpeta negra y sacó una memoria pequeña, negra, pegada con cinta a una hoja doblada.

—Dejó una grabación.

Mi hijo seguía llamando.

El teléfono vibraba contra la mesa.

La memoria negra brillaba entre los dedos de Gabriel.

El sobre de Roberto esperaba cerrado frente a mí.

Y por primera vez desde que la vela se apagó sola en mi pastel, entendí que mi cumpleaños no había sido el día en que mis hijos se olvidaron de mí.

Había sido el día en que su mentira empezó a quedarse sin dónde esconderse.

Contesté.

No dije hola.

Al otro lado, mi hijo habló con impaciencia.

—Mamá, ¿dónde estás? El abogado dice que si no firmas hoy, vamos a tener que hacerlo por otro camino.

Gabriel cerró los ojos.

Yo puse el teléfono en altavoz.

—¿Qué camino? —pregunté.

Hubo un silencio breve.

Ese silencio fue suficiente para saber que mi hijo no esperaba encontrarme despierta.

No esperaba encontrarme acompañada.

No esperaba encontrarme con papeles en la mano.

—No empieces, mamá —dijo al fin—. Esto es por tu bien.

Miré la firma de él en la copia.

Recordé su primer uniforme escolar.

Recordé sus dientes de leche.

Recordé cuando Roberto lo cargaba dormido después de las fiestas.

La memoria no siempre consuela.

A veces es el cuchillo más limpio.

—¿Por mi bien? —repetí.

—Ya no puedes estar sola. La casa se va a vender, y con eso vamos a resolver todo.

—¿Qué casa?

Otra pausa.

Gabriel abrió los ojos.

Mi hijo respiró al otro lado con fastidio.

—Mamá, no hagas esto difícil.

Entonces una voz de mujer se escuchó lejos, tal vez una de mis nueras.

“Dile que firme y ya”.

Mi mano apretó el teléfono.

—Ayer fue mi cumpleaños —dije.

Mi hijo no respondió.

Ese silencio me dijo más que cualquier disculpa.

—Lo sabías —susurré.

—Mamá, ahorita no estamos hablando de eso.

No.

Claro que no.

Ellos nunca hablaban de lo que dolía cuando había dinero sobre la mesa.

Gabriel empujó hacia mí la memoria negra.

Yo la miré.

Luego miré el sobre cerrado.

Luego la foto de Roberto con esa otra mujer y ese bebé que ahora estaba frente a mí convertido en un hombre temblando.

—Voy a abrir la carta de tu padre —dije.

Mi hijo se quedó mudo.

Después soltó una risa nerviosa.

—¿Qué padre?

—Roberto.

Al otro lado se oyó movimiento.

Una silla arrastrándose.

Un golpe seco.

Y luego la voz de mi hijo cambió.

—¿Con quién estás?

Gabriel dio un paso atrás, como si la pregunta también lo hubiera tocado.

Yo no aparté los ojos de él.

—Con alguien que debiste haberme mencionado hace años.

La respiración de mi hijo se volvió dura.

—Mamá, escucha bien. No firmes nada que te dé ese hombre. ¿Me oíste? Nada.

—¿Por qué?

—Porque si él aparece, nos arruina a todos.

Nos.

No dijo te arruina.

No dijo me preocupa.

Dijo nos.

Y ahí entendí que Gabriel no era el único secreto de Roberto.

Era la llave de algo más grande.

Gabriel tomó la memoria negra y la colocó junto al teléfono, donde mi hijo no podía verla pero yo sí.

Susurró una sola palabra.

—Grabe.

Yo activé la grabadora del celular con el pulgar.

Mi hijo siguió hablando, sin saber que cada frase se estaba guardando.

—Además, ya encontramos al hombre de la foto. Si se mete, también lo hundimos a él.

Gabriel se sentó en la orilla de la cama.

La cara se le deshizo.

No era miedo solamente.

Era confirmación.

Era la certeza de que Roberto había muerto sabiendo que sus hijos podían hacer exactamente eso.

Colgué sin despedirme.

Durante unos segundos nadie habló.

La ciudad seguía sonando afuera, indiferente.

Yo tomé el sobre de Roberto.

Rompí el borde con cuidado, como si todavía pudiera lastimarlo.

Dentro había varias hojas dobladas.

La primera empezaba con mi nombre.

“Teresa, si estás leyendo esto, es porque fallé en decirte la verdad mientras vivía”.

Me llevé una mano a la boca.

Gabriel bajó la mirada.

Seguí leyendo.

Cada línea me quitaba una venda.

Roberto hablaba de una mujer a la que había conocido antes de casarse conmigo, de un hijo que había nacido cuando él todavía era joven y cobarde, de años de culpa, de intentos de buscarlo, de miedo a perderme, de vergüenza.

No se justificaba.

Eso fue lo único que pude agradecerle.

No decía “perdóname porque estaba confundido”.

No decía “fue un error sin importancia”.

Decía: “Fui cobarde”.

Y luego venía lo peor.

Roberto explicaba que, antes de morir, había descubierto movimientos extraños en documentos de la familia.

Poderes que yo supuestamente había firmado.

Autorizaciones que yo nunca vi.

Consultas con abogados donde mis hijos preguntaban cómo tomar control de mis bienes si me declaraban incapaz.

Por eso había dejado instrucciones.

Por eso había dejado a Gabriel como testigo.

Por eso había escrito que la carta debía entregarse solo cuando mis hijos me dejaran completamente sola.

Roberto conocía a sus hijos.

Y aun así me los dejó.

Esa fue la segunda traición.

La primera había sido su secreto.

La segunda, su silencio.

Doblé la carta sobre mi regazo.

No lloré más.

Hay un momento en que el dolor se queda sin lágrimas y empieza a convertirse en pulso.

Gabriel me miró.

—No tiene que hacer nada hoy.

—Sí tengo.

—Teresa…

—Tengo que dejar de pedir permiso.

Me puse de pie.

Las piernas me temblaban, pero sostuve la carpeta contra el pecho.

Mi vestido azul seguía sobre la silla, arrugado, pequeño, casi inocente.

Me vestí en el baño sin mirarme demasiado al espejo.

Cuando salí, Gabriel ya había guardado los papeles en orden.

No intentó tocarme.

No intentó consolarme.

Ese respeto, tarde y torpe, fue lo único correcto que hizo en esa mañana.

Bajamos al vestíbulo del hotel.

La recepcionista nos miró apenas un segundo y volvió a su pantalla.

Afuera, el sol de la mañana golpeaba las banquetas y los coches avanzaban como si nada en el mundo hubiera cambiado.

Pero yo había cambiado.

No porque hubiera pasado la noche con un extraño.

No porque hubiera descubierto que ese extraño llevaba la sangre de mi esposo.

Cambié porque por primera vez vi completa la jaula donde me habían tenido.

Y cuando una jaula se ve completa, también se ve la puerta.

Mi hijo volvió a llamar.

Luego llamó el segundo.

Luego el mayor.

Tres nombres apareciendo uno tras otro en la pantalla.

Tres firmas en un documento.

Tres ausencias en mi cumpleaños.

Gabriel me preguntó a dónde quería ir.

Yo miré la carpeta negra.

Miré el sobre de Roberto.

Miré el teléfono vibrando.

—Al abogado —dije.

—¿A cuál?

Respiré hondo.

—Al que ellos creen que todavía trabaja para ellos.

Gabriel me abrió la puerta del taxi.

Antes de subir, vi mi reflejo en el vidrio.

Tenía el maquillaje corrido, el cabello mal acomodado y los ojos hinchados.

No parecía una mujer respetable.

Parecía una mujer recién salida de un incendio.

Y quizá eso era.

Porque detrás de mí quedaban una vela apagada, un hotel, una mentira de doce años y tres hijos convencidos de que su madre ya no podía defenderse.

Pero se equivocaron.

La mujer que no llamaron en su cumpleaños ya no iba a esperar junto a ninguna ventana.

Esa mañana, con la carta de Roberto en el bolso y la voz de mi hijo grabada en el celular, fui a buscar la verdad que todos creyeron enterrada conmigo en vida.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *