La Novia Herida Bajo el Piso y la Mentira que Eulogio No Entregó-lbsuong

El cañón del revólver bajó hasta quedar alineado con las tablas, justo donde el sabueso seguía rascando y donde Jacinta contenía hasta el aire para que su respiración no la delatara.

Eulogio dejó el pedazo de cuero sobre sus rodillas.

—Si dispara ahí, más le vale que don Ramiro quiera recuperar un cadáver.

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El capataz no apartó el arma.

—A mí me dijeron que la encontrara.

—Entonces búsquela.

Eulogio señaló la casa con una mano deformada por la artritis.

—Pero si agujerea mi piso porque un perro olió sangre, primero explíquele a su patrón por qué convirtió a su novia en coladera.

El hombre entrecerró los ojos.

El sabueso volvió a arañar.

Una vez.

Dos veces.

Tres veces.

Eulogio no miró hacia la trampilla.

El capataz sí.

Después observó el vendaje manchado que Eulogio había dejado deliberadamente junto al balde donde había lavado sus manos aquella madrugada.

—¿De quién es esa sangre?

—De una marrana que abrí ayer.

Era mentira, y Eulogio sabía que no era especialmente buena.

Uno de los hombres se acercó al balde, pasó un dedo por el borde y lo olió.

El capataz levantó apenas el revólver.

—Abra.

Eulogio lo miró.

—¿Qué cosa?

—El sótano.

Debajo del piso, Jacinta cerró los ojos.

La herida le pulsaba debajo de las costillas y cada latido parecía empujar un poco más de sangre contra el vendaje húmedo.

No podía correr.

No podía pelear.

Y si Eulogio intentaba defenderla contra tres hombres armados, probablemente morirían los dos antes de llegar a la puerta.

Arriba, la silla rechinó cuando el capataz la apartó con la punta de la bota.

Eulogio se levantó con esfuerzo.

No se apresuró.

No protestó.

No pidió misericordia.

Tomó la esquina de la alfombra y la dobló hasta dejar visible la madera.

—Ábrala usted.

El capataz frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque mis rodillas no trabajan para Ramiro Vela.

El hombre le dio una patada a la trampilla.

Desde abajo no llegó ningún sonido.

Entonces Eulogio escuchó algo afuera.

Uno de sus caballos castrados pateó la puerta del establo y lanzó un relincho brusco.

El segundo respondió.

El sabueso levantó inmediatamente la cabeza.

Uno de los hombres miró por la ventana.

—Algo anda atrás.

El capataz maldijo y señaló al más joven.

—Revise.

El hombre salió con el rifle preparado.

Eulogio aprovechó ese instante para inclinarse sobre la trampilla como si fuera a levantarla.

—Nada más una cosa.

El capataz lo miró.

—Si ella está aquí, ¿por qué cree que vino?

—Porque está huyendo.

—No le pregunté por qué huye. Le pregunté por qué vendría conmigo.

El capataz tardó demasiado en responder.

Eulogio lo notó.

También notó la forma en que el otro hombre evitó mirar a su jefe.

—No sabemos que viniera con usted —dijo finalmente el capataz.

—Pero sí saben hacia dónde escapó.

Otra pausa.

Muy corta.

Suficiente.

Eulogio entendió que aquellos hombres no habían seguido un rastro hasta su rancho.

Habían venido porque alguien les había dicho que buscaran en esa dirección.

El hombre que había salido regresó casi corriendo.

—Se soltó uno de los caballos.

El capataz giró la cabeza.

El animal atravesó el patio con una rienda rota golpeándole el cuello, y el sabueso salió detrás de él por puro reflejo.

—¡Agárrenlo!

Los dos acompañantes corrieron.

El capataz dudó entre perseguirlos o levantar la trampilla.

Eulogio se enderezó.

—Puede quedarse revisando mi sótano mientras sus hombres pierden los caballos de Ramiro, si quiere.

Eso decidió la cosa.

El capataz guardó el revólver, pero antes de salir apuntó un dedo hacia Eulogio.

—Volveremos.

—Ya sé el camino que usan.

—Y la próxima vez vendrá don Ramiro.

Eulogio no respondió.

El hombre salió y cerró la puerta de un golpe.

Eulogio esperó hasta que los cascos se alejaron lo suficiente para confundirse con el viento sobre la tierra seca.

Entonces retiró la alfombra.

—Jacinta.

Nada.

Abrió la trampilla.

Ella estaba en el último escalón, doblada sobre sí misma, con una mano pegada al costado.

—Pensé que había muerto —dijo él.

—Todavía no le doy ese gusto.

Cuando consiguió subirla, Eulogio vio que tres puntos se habían abierto.

La sentó en la mesa y volvió a limpiar la herida.

Jacinta apretó los dientes mientras él preparaba la aguja.

—Van a regresar.

—Sí.

—Y esta vez no será con tres hombres.

—Probablemente no.

—Entonces déjeme un caballo.

Eulogio soltó una risa seca.

—No llega ni al establo.

—Prefiero caerme afuera que morir escondida debajo de una alfombra.

Él terminó el primer punto antes de contestar.

—Tal vez esas no sean las únicas dos opciones.

Jacinta lo miró.

Eulogio había estado pensando en algo desde que el capataz vaciló ante su pregunta.

—¿Quién sabía que usted podía venir hacia acá?

—Nadie.

—Piénselo.

—Le digo que nadie.

—¿Quién sabía por dónde salió de la iglesia?

Jacinta dejó de respirar un instante.

—Ramiro.

—Además de Ramiro.

Ella bajó la mirada.

—Tomás estaba afuera.

Eulogio continuó cosiendo.

—Su hermano.

—Sí.

—¿La vio escapar?

—Creo que sí.

—¿Y conocía estos ranchos?

Jacinta tardó en responder.

—Mi padre comerciaba ganado por esta zona. Tomás venía con él algunas veces.

Aquello no demostraba nada.

Pero abría una pregunta mucho más incómoda.

Eulogio recordó la historia que Jacinta le había contado la noche anterior: la deuda existía porque Tomás decía que su padre la había dejado antes de morir.

Tomás había explicado la cantidad.

Tomás había llevado los mensajes de Ramiro.

Tomás había insistido en que entregar la parcela del manantial era la única forma de conservar la casa.

—¿Usted vio alguna vez la deuda de su padre? —preguntó Eulogio.

Jacinta lo miró como si hubiera hablado en otro idioma.

—Tomás tenía los papeles.

—Eso no fue lo que pregunté.

La mujer abrió la boca y volvió a cerrarla.

—No.

Eulogio hizo otro punto.

—¿Su padre le habló de deberle dinero a Ramiro?

—Estaba muy enfermo los últimos meses.

—¿Antes?

Jacinta comenzó a negar con la cabeza, pero se detuvo a mitad del movimiento.

Su padre se había preocupado por cosechas, animales, reparaciones y medicinas.

Había hablado de dinero muchas veces.

Pero nunca había mencionado una deuda capaz de quitarles la casa.

—Tomás dijo que papá se avergonzaba.

—Puede ser.

Eulogio cortó el hilo.

—También puede ser que usted vaya a casarse por una deuda que nunca fue de su padre.

Jacinta se bajó de la mesa demasiado rápido.

El dolor la obligó a apoyarse en la pared.

—No.

—No dije que fuera verdad.

—Tomás no haría eso.

—Entonces será fácil preguntárselo.

Ella soltó una risa amarga.

—¿Y cómo propone hacerlo? ¿Invitándolo a tomar café cuando vuelva Ramiro?

Eulogio se quedó mirándola.

—Más o menos.

Durante las siguientes horas no intentaron huir.

Eulogio limpió la sangre del piso, cambió la venda y preparó agua, frijoles y tortillas para un día que probablemente terminaría mal.

Después llevó a Jacinta al establo.

No para esconderla.

Para mostrarle una salida lateral entre los corrales que desde la casa apenas se distinguía detrás de una pared de adobe.

—Si empiezan a disparar, no espere por mí.

Jacinta apretó la mandíbula.

—No voy a dejarlo.

—No le pregunté.

—Yo traje esto aquí.

—Ramiro lo trajo.

Ella lo miró con furia.

—No me quite mi parte. Yo le rompí la boca.

Eulogio la observó un momento.

Después asintió.

—Está bien. Usted le rompió la boca. Yo decidí no entregarla. Cada quien carga lo suyo.

Al atardecer volvieron los caballos.

Esta vez eran siete.

Ramiro Vela cabalgaba al frente.

Jacinta lo reconoció desde la ventana antes de verle bien la cara.

Reconoció la forma de sentarse en la silla y el sombrero oscuro que había llevado aquella misma mañana para casarse con ella.

Cuando se acercó, también pudo ver la consecuencia del golpe en la sacristía.

Tenía el labio hinchado y una parte de la boca cubierta con un pañuelo.

Eulogio se sirvió café.

—Tiene peor aspecto que usted.

Jacinta casi sonrió.

Entonces vio al último jinete.

Tomás.

Su hermano venía unos metros detrás de Ramiro, sin arma visible, mirando hacia el suelo.

Jacinta dejó la taza.

Todo el miedo que había sentido durante las últimas veinticuatro horas cambió de forma.

Ya no era miedo a que Ramiro la encontrara.

Era miedo a entender por qué Tomás estaba con él.

Ramiro desmontó.

No golpeó la puerta.

Entró.

Dos hombres se quedaron afuera y el capataz permaneció detrás de él.

Tomás entró al final.

Al ver a Jacinta de pie, pálida y vendada, levantó la cabeza.

—Estás viva.

Ella no respondió.

Ramiro sí.

—Gracias al anciano.

Eulogio bebió café.

—De nada.

Ramiro lo ignoró y miró a Jacinta.

—Nos vamos.

—No.

—No te pregunté.

Jacinta sostuvo su mirada.

—Y yo ya contesté.

Ramiro avanzó un paso.

Eulogio no tomó un arma.

Simplemente colocó la taza en medio de la mesa.

—Antes de llevársela quizá debería explicarle algo.

—Esto no es asunto suyo.

—Desde que sus hombres entraron armados a mi casa, se volvió asunto mío.

Ramiro se giró hacia él.

—¿Quiere perder el rancho por una mujer que conoció ayer?

—No.

Eulogio señaló a Tomás.

—Quiero saber por qué el hermano de ella sabía dónde buscarla.

Jacinta no apartó los ojos de Tomás.

—Contesta.

Tomás tragó saliva.

—Yo no sabía que estabas aquí.

—Pero viniste.

—Ramiro dijo que tal vez habías tomado este camino.

Jacinta dio un paso hacia él y tuvo que sostenerse del respaldo de una silla.

—¿Cómo lo sabía Ramiro?

Tomás miró al ganadero.

Fue apenas un segundo.

Ese segundo bastó.

Jacinta lo vio.

Eulogio también.

—Pregúntele por la deuda —dijo Eulogio.

Tomás palideció.

Ramiro giró despacio hacia el viejo.

—Cállese.

—Ahora sí me interesa.

Jacinta sintió un vacío en el estómago.

—Tomás.

Su hermano levantó las manos.

—Jacinta, escucha.

—¿Papá le debía dinero a Ramiro?

—Las cosas no son tan sencillas.

—Sí o no.

Tomás miró la puerta.

Ramiro lo hizo primero.

—La deuda existe.

Eulogio apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Nadie le preguntó a usted.

Ramiro dio otro paso.

—La deuda existe —repitió—. Y la parcela responde por ella.

Jacinta se volvió hacia él.

—¿La deuda de quién?

La pregunta cambió el aire de la habitación.

Tomás cerró los ojos.

Ramiro se dio cuenta demasiado tarde de lo que acababa de decir.

Jacinta avanzó hacia su hermano.

—¿La deuda de quién, Tomás?

—Yo iba a arreglarlo.

No hizo falta nada más.

Jacinta retrocedió como si él la hubiera golpeado.

Tomás comenzó a hablar deprisa.

Había pedido dinero meses antes de la muerte de su padre para cubrir pérdidas de ganado y otros compromisos que no había querido confesar en casa.

Había prometido que podría devolverlo.

No pudo.

Cuando su padre murió, Ramiro vio una forma más fácil de cobrar.

La parcela del manantial valía mucho más que la deuda.

Pero las escrituras estaban bajo control de la familia y Jacinta tenía que aceptar entregarlas.

Tomás había permitido que ella creyera que la deuda pertenecía a su padre porque pensó que jamás aceptaría sacrificar la tierra por un error suyo.

—¿Y por eso me vendiste? —preguntó Jacinta.

—No te vendí.

—Me dijiste que si no me casaba con él perderíamos la casa.

—Pensé que después podría arreglarse.

—¿Después de qué?

Tomás no contestó.

Jacinta se llevó una mano al vendaje.

Ramiro perdió la paciencia.

—Ya basta. El problema sigue siendo el mismo. La deuda tiene que pagarse.

Eulogio levantó la vista.

—Entonces cobre al hombre que se endeudó.

Ramiro soltó una carcajada breve.

—Usted no entiende cómo funcionan estas cosas.

—Entiendo que vino por una novia y ahora resulta que habla como cobrador.

El capataz desvió la mirada.

Ramiro lo notó.

También Jacinta.

Por primera vez desde que aquellos hombres habían llegado, la autoridad de Ramiro no parecía ocupar toda la habitación.

Él se acercó a Jacinta.

—Puedes terminar esto hoy. Vienes conmigo, firmamos lo acordado y tu hermano conserva lo que queda.

Jacinta miró a Tomás.

Su hermano tenía los ojos llenos de vergüenza, pero no dio un paso para detener a Ramiro.

Eso terminó de decidirla.

—No.

Ramiro apretó la mandíbula.

—Piénsalo bien.

—Llevo desde ayer pensándolo.

—Te disparé porque huiste con mi caballo.

—Me disparaste por escapar de ti.

El capataz levantó la vista.

Ramiro giró hacia él.

Fue un error pequeño.

Pero Jacinta entendió algo que antes no había podido ver porque estaba demasiado asustada.

Ramiro necesitaba que sus propios hombres creyeran una versión manejable de lo ocurrido.

Una novia caprichosa.

Una ladrona.

Una mujer que había provocado un accidente.

No una mujer a la que había encerrado y amenazado antes de la boda.

Eulogio también lo entendió.

—¿Sus hombres sabían que la encerró? —preguntó.

Ramiro metió la mano bajo el saco.

Eulogio permaneció inmóvil.

El capataz dio medio paso hacia un lado.

No sacó el arma.

Pero tampoco se acercó a Ramiro.

Tomás empezó a llorar en silencio.

Jacinta lo vio y no sintió compasión.

Todavía no.

—Diles —ordenó ella.

Tomás negó con la cabeza.

—Jacinta…

—Tú empezaste esto. Diles.

Tomás respiró hondo.

Y frente a los hombres de Ramiro admitió que la deuda era suya, que Jacinta había aceptado la boda creyendo que salvaba la casa de una obligación de su padre y que Ramiro quería además la parcela del manantial.

Ramiro lo golpeó antes de que terminara.

El puñetazo lo tiró contra la pared.

Nadie se movió para ayudar a Ramiro.

Eso fue lo que finalmente le cambió la cara.

No el testimonio.

No el desafío de Jacinta.

La falta de obediencia inmediata.

Miró al capataz.

—Sáquela de aquí.

El hombre no avanzó.

—¿No me oyó?

—Sí, patrón.

—Entonces hágalo.

El capataz observó el vendaje rojo bajo el vestido roto.

Después miró la mano de Ramiro cerca del arma.

—Usted dijo que había robado un caballo y que se había lastimado al caer.

Ramiro se quedó inmóvil.

—Eso dije.

—No dijo que le había disparado.

—No es asunto suyo.

—Ahora sí.

No hubo discurso.

El capataz se quitó lentamente el sombrero, lo sostuvo contra el muslo y retrocedió hacia la puerta.

Los hombres de afuera vieron su movimiento.

Uno tras otro dejaron de apuntar hacia la casa.

Ramiro comprendió que todavía podía hacer daño.

Pero ya no podía hacerlo de la misma manera.

Demasiadas personas conocían ahora la verdad que él había intentado mantener separada: la deuda de Tomás, la boda impuesta, la parcela y el disparo.

Sacó la mano de debajo del saco sin el revólver.

—Esto no termina aquí.

Jacinta sostuvo su mirada.

—Para mí sí termina la boda.

Ramiro salió.

Tomás intentó seguirlo.

Jacinta habló antes de que llegara a la puerta.

—Tú no.

Su hermano se detuvo.

—No te estoy perdonando —dijo ella—. Pero tampoco voy a dejar que sigas escondiéndote detrás de mí.

Tomás bajó la cabeza.

Esa noche durmió en el establo porque Jacinta no quiso tenerlo dentro de la casa.

Ramiro se marchó con menos hombres de los que había traído.

A la mañana siguiente, Eulogio ensilló el caballo más tranquilo y colocó una manta doblada sobre la silla para que Jacinta pudiera soportar el camino.

No regresaron a la iglesia.

Fueron hacia el pueblo.

Tomás caminó parte del trayecto detrás de ellos.

Allí, delante de una persona encargada de revisar los documentos de propiedad, Jacinta se negó a entregar las escrituras y dejó constancia de que no autorizaba ninguna transferencia relacionada con la parcela.

Tomás tuvo que reconocer que la obligación que había contraído era suya.

Eso no hizo desaparecer la deuda.

Tampoco volvió inofensivo a Ramiro.

Pero separó por primera vez dos cosas que todos habían permitido mezclar: el error de Tomás y la vida de Jacinta.

Las semanas siguientes no fueron fáciles.

Jacinta no volvió inmediatamente a la casa familiar porque sabía que Ramiro todavía tenía hombres, dinero y rencor.

Se quedó un tiempo en el rancho de Eulogio mientras la herida cerraba.

Trabajaba sentada cuando él se lo permitía y de pie cuando él no estaba mirando.

Remendó costales.

Clasificó maíz.

Aprendió qué caballo mordía y cuál fingía cojera para no trabajar.

Eulogio descubrió que aquella mujer que había intentado cortarle el cuello con una hoz podía arreglar una cerca mejor que muchos hombres que él había contratado.

Jacinta descubrió que el viejo que decía no poder cargar cadáveres dejaba cada noche una jarra de agua junto a su puerta sin mencionar nunca que la había visto despertarse sobresaltada.

Tomás volvió dos veces.

La primera, Jacinta no salió.

La segunda, lo recibió junto al corral.

Él había empezado a vender lo que era suyo para pagar la deuda que durante meses había tratado de colocar sobre los hombros de ella.

—No espero que me perdones —dijo.

—Qué bueno.

Tomás asintió.

—Solo quería decirte que ya no voy a pedirte la parcela.

Jacinta miró hacia el campo.

—Nunca debiste pedirme mi vida tampoco.

Tomás no encontró respuesta.

Se marchó a pie.

Meses después, cuando Jacinta pudo montar sin que el costado le ardiera, regresó por fin a la casa de su padre.

No fue sola.

Eulogio cabalgó a varios metros detrás, quejándose de sus rodillas durante todo el camino.

Encontraron la casa descuidada pero en pie.

La parcela seguía siendo de la familia.

El manantial seguía corriendo.

Y el vestido de novia, lavado tantas veces que la seda había perdido parte del color, continuaba guardado en un costal.

Jacinta lo sacó una tarde.

Eulogio pensó que iba a quemarlo.

Ella tomó unas tijeras.

Cortó las partes que todavía servían y convirtió la tela en varias piezas resistentes para cubrir frascos, envolver herramientas y remendar una cortina del cuarto donde su padre había dormido.

El pedazo más manchado no lo conservó.

Lo enterró detrás del granero.

No como recuerdo de Ramiro.

Tampoco como recuerdo de la boda.

Lo enterró porque había pasado demasiado tiempo permitiendo que otros decidieran qué significaban las cosas que le pertenecían.

Eulogio la observó cubrir la tierra con la pala.

—Ese vestido salió caro.

Jacinta se limpió el sudor con el antebrazo.

—Entonces más vale aprovechar lo que quedó.

Él soltó una risa.

Desde el establo llegó el golpe de una herramienta contra la madera.

La vieja hoz oxidada estaba colgada ahora junto a las demás, limpia y afilada para cortar hierba.

Ya no esperaba una garganta.

Ya no estaba en manos de una mujer acorralada.

Era solamente una herramienta.

Y para Jacinta, después de todo lo ocurrido, eso era precisamente lo que significaba haber recuperado algo que Ramiro, Tomás y hasta el miedo habían intentado quitarle: la posibilidad de decidir para qué serviría su propia vida.

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