LA MUJER QUE INVOCÓ AL DIABLO PARA DETENER LOS GOLPES DE SU MARIDO | HISTORIA REAL-lbsuong

Era miedo.

Dominga lo reconoció inmediatamente porque había visto aquella misma expresión cientos de veces cada vez que se miraba al espejo.

Argimiro dejó lentamente la taza sobre la mesa.

Sus dedos continuaban temblando.

—¿Qué hiciste? —preguntó.

Dominga permaneció inmóvil.

—Nada.

Argimiro observó el café.

Después observó nuevamente a su esposa.

Por primera vez en muchos años, no había violencia en sus ojos.

Había desconcierto.

Se levantó bruscamente y salió de la casa.

Dominga escuchó sus botas atravesar el patio.

Después el caballo alejándose.

No entendía qué había ocurrido.

Quizá solamente estaba enfermo.

Quizá la noche anterior no había significado nada.

Pero al mirar la taza descubrió algo extraño.

Sobre la superficie del café flotaba una pequeña hoja negra.

Dominga no recordaba haberla puesto allí.

La retiró.

Parecía completamente seca.

Cuando la tocó, se deshizo entre sus dedos.

Aquella tarde Argimiro regresó antes de lo habitual.

Entró en silencio.

No pidió comida.

No gritó.

Ni siquiera miró a Dominga.

Se encerró en la habitación.

Durante casi una hora ella permaneció junto a la cocina intentando decidir si acercarse.

Finalmente escuchó una voz.

—Dominga.

Su cuerpo reaccionó automáticamente.

Los hombros se tensaron.

Las manos comenzaron a sudarle.

Pero entonces recordó la mañana.

Entró.

Argimiro estaba sentado al borde de la cama.

Tenía el rostro pálido.

—¿Alguien vino anoche?

—No.

—¿Estás segura?

—Sí.

Argimiro miró hacia la ventana.

—Había una mujer junto al corral.

Dominga sintió que el corazón comenzaba a golpearle el pecho.

—¿Qué mujer?

—No sé.

Se pasó ambas manos por el rostro.

—Estaba vestida de negro.

Dominga no respondió.

Argimiro levantó la mirada.

—Me estaba mirando.

—Tal vez soñaste.

—Yo estaba despierto.

Su voz tembló ligeramente.

Dominga jamás había escuchado aquel sonido en él.

El hombre que durante años había llenado la casa con amenazas ahora parecía tener miedo de su propia sombra.

Aquella noche no bebió.

Tampoco golpeó la mesa.

Cuando Dominga dejó caer accidentalmente una cuchara, Argimiro fue quien se sobresaltó.

Ella comenzó a preguntarse si realmente había ocurrido algo en aquel cruce.

Las hermanas Lomelí habían prometido una forma de defensa.

Pero no habían explicado cómo funcionaría.

Al amanecer siguiente, Argimiro encontró tres golpes marcados en la puerta principal.

No eran arañazos.

Parecían hechos con carbón.

Tres líneas negras.

Las limpió inmediatamente.

Una hora después habían reaparecido.

Argimiro llamó a Dominga.

—¿Fuiste tú?

Ella negó.

El hombre tomó un trapo.

Volvió a limpiar.

Las marcas regresaron antes del mediodía.

Entonces fue a buscar al padre Eusebio.

El sacerdote llegó aquella misma tarde.

Bendijo la casa.

Rezó en cada habitación.

Colocó agua bendita alrededor de las puertas.

Argimiro permaneció detrás de él sin apartarse demasiado.

Dominga observaba desde la cocina.

Recordó todas las veces que ella había buscado ayuda religiosa.

Recordó las palabras recibidas.

Ten paciencia.

Reza.

Obedece.

Ahora Argimiro estaba aterrorizado y el sacerdote había acudido inmediatamente.

La contradicción le produjo una amargura difícil de describir.

Antes de marcharse, el padre Eusebio habló con ella.

—¿Ha ocurrido algo extraño últimamente?

Dominga lo miró directamente.

—Mi esposo dejó de golpearme.

El sacerdote pareció incómodo.

—Me refiero a cosas sobrenaturales.

—Para mí eso ya sería bastante sobrenatural.

Eusebio no respondió.

Aquella noche comenzaron los golpes.

Tres.

Siempre tres.

Venían desde la pared detrás de la cama.

Argimiro despertó sobresaltado.

Encendió una lámpara.

Nada.

Volvió a acostarse.

Tres golpes.

Se levantó.

Revisó la habitación contigua.

Estaba vacía.

Regresó.

Tres golpes.

—¡Basta! —gritó.

El sonido desapareció.

Dominga permaneció sentada en el suelo.

No sentía alegría.

Tampoco compasión.

Solamente observaba.

Entonces alguien golpeó la puerta principal.

Argimiro quedó paralizado.

—¿Quién está ahí?

Nadie respondió.

Tomó un machete.

Caminó lentamente hacia la entrada.

Abrió.

No había nadie.

Pero sobre el suelo encontró un pequeño objeto.

Era una herradura vieja.

Atada con hilo negro.

Argimiro la soltó inmediatamente.

—Esto es brujería.

Dominga sintió frío.

La mujer del cruce no había mencionado herraduras.

Tampoco golpes.

Nada de aquello formaba parte de las instrucciones.

Al día siguiente regresó secretamente con las hermanas Lomelí.

La anciana abrió antes de que Dominga pudiera llamar.

—Ya comenzó.

Dominga entró.

—Quiero saber qué hicieron.

La joven estaba moliendo hierbas.

No levantó la mirada.

—Nosotras no hicimos nada.

—Me enviaron al cruce.

—Sí.

—Y apareció esa mujer.

La anciana frunció el ceño.

—¿Qué mujer?

Dominga sintió un vacío en el estómago.

—La mujer vestida de negro.

Las hermanas se miraron.

Por primera vez parecían preocupadas.

—¿Qué te dijo exactamente? —preguntó la anciana.

Dominga repitió toda la conversación.

Cuando terminó, la mujer más joven dejó de trabajar.

—Eso no debía ocurrir.

—¿Qué significa?

La anciana se sentó.

Explicó que ellas nunca habían prometido que alguien aparecería físicamente.

La tradición consistía simplemente en acudir al cruce y pronunciar en voz alta aquello que una persona ya no podía soportar.

Después debía enterrarse una piedra y regresar sin mirar atrás.

Era un acto simbólico.

Nada más.

Dominga se quedó inmóvil.

—Yo no enterré ninguna piedra.

La anciana palideció.

—Entonces ¿qué hiciste?

—Esperé.

—¿Cuánto?

—No sé.

Dominga tragó saliva.

—Hasta que ella llegó.

Las dos mujeres guardaron silencio.

Finalmente la joven preguntó:

—¿Te pidió algo?

Dominga recordó la promesa.

Contar su historia a otra mujer.

Una sola.

Para que supiera que podía buscar una salida.

La anciana escuchó atentamente.

Después soltó el aire.

—Eso no suena como aquello que temes.

—¿Entonces quién era?

—No lo sé.

Dominga se enfureció.

—¡Ustedes me enviaron allí!

—Te enviamos para que tomaras una decisión.

La anciana señaló su rostro.

—La verdadera decisión era que dejaras de aceptar los golpes.

Dominga retrocedió.

—Pero ahora ocurren cosas en mi casa.

—Entonces quizá alguien está ayudándote.

Aquella respuesta no la tranquilizó.

Regresó al rancho antes del anochecer.

Encontró a Argimiro sentado en el patio.

Había colocado un crucifijo sobre la mesa.

También tenía una botella.

Estaba bebiendo.

Dominga conocía aquella combinación.

Miedo y alcohol.

Era peligrosa.

—¿Dónde estabas?

—Caminando.

—¿Con quién?

—Sola.

Argimiro se levantó.

Durante un instante, Dominga vio regresar al hombre de siempre.

—No me mientas.

Se acercó.

Ella retrocedió.

—No estoy mintiendo.

Argimiro levantó la mano.

Dominga cerró los ojos.

Pero el golpe nunca llegó.

Se escuchó un ruido detrás.

Un caballo relinchó violentamente.

Argimiro se giró.

La mujer de negro estaba junto al corral.

Esta vez Dominga también podía verla.

Alta.

Inmóvil.

Con las manos juntas delante del cuerpo.

Argimiro dejó caer la botella.

—Tú.

La figura no respondió.

—¿Quién eres?

Nada.

Argimiro tomó el machete y caminó hacia ella.

Dominga quiso detenerlo.

—Déjala.

Él siguió avanzando.

La mujer retrocedió lentamente hacia los árboles.

Argimiro la siguió.

Después desapareció entre la vegetación.

Dominga permaneció junto a la casa.

Pasaron diez minutos.

Después veinte.

Finalmente escuchó un grito.

Corrió.

Encontró a Argimiro de rodillas junto al camino.

El machete estaba varios metros más adelante.

No había ninguna mujer.

—¿Qué pasó?

Argimiro levantó la mirada.

Lloraba.

Dominga jamás lo había visto llorar.

—Me habló.

—¿Qué dijo?

El hombre negó.

—Nada.

—Entonces ¿por qué estás así?

Argimiro se levantó bruscamente.

—¡No preguntes!

Levantó la mano nuevamente.

Entonces su rostro cambió.

Miró algo detrás de Dominga.

Ella se giró.

No había nadie.

Pero Argimiro retrocedió.

—No.

Dio otro paso.

—No lo haré.

Dominga comprendió.

Aquello que fuera que él veía aparecía cada vez que intentaba golpearla.

Desde aquel día comenzaron semanas extrañas.

Argimiro dejó de tocarla.

Al principio Dominga creyó que finalmente estaba libre.

Después descubrió que el miedo solamente había cambiado de dueño.

Su esposo apenas dormía.

Despertaba gritando.

Decía escuchar pasos alrededor de la cama.

Encontraba tierra debajo de las uñas.

Una mañana despertó en el corral sin recordar cómo había llegado allí.

Otra noche aseguró haber visto a una niña parada junto al pozo.

Dominga preguntó quién era.

Argimiro se negó a responder.

Entonces comenzaron los nombres.

Los pronunciaba dormido.

Rosa.

Micaela.

Teresa.

Dominga no conocía a ninguna.

Una madrugada escuchó otro.

Inés.

Ese nombre sí lo conocía.

Inés Hurtado.

La primera esposa de Argimiro.

Dominga siempre había sabido que había existido.

Según él, murió de fiebre pocos años después de casarse.

Nunca hablaba de ella.

El pueblo tampoco.

Pero ahora repetía su nombre cada noche.

—Perdóname, Inés.

—Yo no quería.

—Fue un accidente.

Dominga comenzó a sospechar que los golpes no eran el único secreto dentro de aquella casa.

Preguntó a Don Anselmo, vecino anciano que conocía a la familia Hurtado desde hacía décadas.

El hombre intentó cambiar de conversación.

Dominga insistió.

—¿Cómo murió Inés?

Don Anselmo bajó la voz.

—Eso fue hace muchos años.

—¿Cómo murió?

—Dijeron que se cayó.

Dominga sintió frío.

—Argimiro dice que murió de fiebre.

El anciano dejó de mirarla.

Ahí estaba la respuesta.

Dos versiones.

Una mujer muerta.

Y un marido que pronunciaba su nombre mientras dormía.

Dominga regresó a casa.

Esperó hasta que Argimiro saliera.

Después comenzó a revisar sus pertenencias.

Dentro de un viejo baúl encontró documentos.

Un acta parroquial.

Varias cartas.

Y una fotografía de una joven.

En la parte posterior decía:

“Inés, verano de 1887”.

También encontró algo envuelto en tela.

Un pequeño collar roto.

Tenía una mancha oscura sobre el metal.

Cuando Argimiro regresó encontró a Dominga sosteniendo la fotografía.

Su reacción fue inmediata.

—¿Dónde encontraste eso?

—¿Cómo murió?

Argimiro se quedó inmóvil.

—Ya lo sabes.

—Sé dos historias.

Ella levantó la fotografía.

—Quiero la verdadera.

Él caminó hacia ella.

Por primera vez, Dominga no retrocedió.

—No me obligues.

—¿A qué?

Argimiro apretó los puños.

—A hacer algo que lamentaremos.

Dominga sintió miedo.

Pero entonces escuchó tres golpes.

Desde el techo.

Argimiro también los oyó.

Su rostro perdió color.

Dominga dio un paso hacia él.

—¿Qué le hiciste a Inés?

El hombre cerró los ojos.

—Cállate.

Tres golpes.

—¿Qué le hiciste?

—¡Cállate!

Tres golpes.

Argimiro cayó sentado.

Durante varios minutos permaneció respirando con dificultad.

Finalmente habló.

Inés también había querido marcharse.

La primera vez que Argimiro la golpeó tenía diecinueve años.

Después las agresiones aumentaron.

Una tarde Inés reunió su ropa.

Pensaba regresar con sus padres.

Argimiro la descubrió.

Discutieron junto al pozo.

Ella intentó alejarse.

Él la sujetó.

Inés cayó.

Golpeó la cabeza contra una piedra.

Argimiro juraba que todavía respiraba.

Pero entró en pánico.

En vez de buscar ayuda, la dejó allí durante horas.

Cuando regresó estaba muerta.

Entonces inventó una historia.

Dijo que había enfermado repentinamente.

Un familiar médico firmó un documento.

La enterraron.

Nadie hizo demasiadas preguntas.

Dominga sintió que el estómago se revolvía.

—La mataste.

—Fue un accidente.

—La golpeabas.

—Era diferente.

Dominga comenzó a reír.

No porque sintiera gracia.

Porque conocía perfectamente aquella frase.

Siempre era diferente.

La comida.

La camisa.

La mirada.

La respuesta.

Siempre existía una explicación para el siguiente golpe.

—¿Y Rosa?

Argimiro levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Pronuncias su nombre mientras duermes.

El hombre quedó completamente inmóvil.

Dominga comprendió que había más.

Rosa había trabajado años atrás en una hacienda cercana.

Argimiro había mantenido una relación con ella después de la muerte de Inés.

Cuando Rosa intentó terminarla, él comenzó a perseguirla.

La mujer desapareció meses después.

Argimiro negó cualquier participación.

Pero ahora Dominga ya no confiaba en ninguna de sus palabras.

Micaela y Teresa aparecieron también dentro de antiguas historias del pueblo.

Mujeres.

Todas relacionadas de alguna forma con Argimiro.

Todas desaparecidas o muertas bajo circunstancias confusas.

Dominga comenzó a comprender algo perturbador.

La mujer del cruce no parecía haber venido solamente por ella.

Había despertado algo que llevaba años enterrado.

Culpa.

Recuerdos.

Quizá miedo.

O quizá personas.

Esa noche Dominga volvió al cruce.

No llamó.

Solamente esperó.

La mujer apareció.

—¿Quién eres?

La desconocida sonrió.

—Eso no importa.

—Para mí sí.

—¿De verdad?

Dominga apretó los puños.

—Mi marido está viendo mujeres muertas.

—Entonces quizá debería haberlas recordado antes.

—¿Eres el Diablo?

La mujer soltó una risa breve.

—¿Eso te dijeron?

—Quiero saber.

La figura se acercó.

Bajo la luz de la luna parecía mayor que durante el primer encuentro.

Había arrugas alrededor de sus ojos.

Una cicatriz cruzaba su mejilla.

—Los hombres llaman Diablo a muchas cosas que les producen miedo.

Dominga permaneció en silencio.

La mujer continuó.

—Una mujer que deja de obedecer.

Otro paso.

—Una esposa que cuenta lo que ocurre detrás de una puerta.

Otro.

—Una viuda que recuerda.

Dominga tragó saliva.

—¿Conocías a Inés?

La desconocida dejó de sonreír.

—Sí.

Aquella respuesta cambió todo.

Su nombre era Jacoba Salcedo.

Había sido hermana mayor de Inés.

Después de la muerte de su hermana intentó denunciar a Argimiro.

Nadie quiso escucharla.

El médico sostuvo que Inés había muerto por una enfermedad.

El sacerdote pidió evitar escándalos.

Los familiares de Argimiro amenazaron con expulsarla del pueblo.

Jacoba se marchó.

Durante años vivió en diferentes comunidades aprendiendo medicina tradicional y trabajando como partera.

Después regresó.

Las hermanas Lomelí sabían quién era.

También sabían que buscaba una oportunidad para enfrentar a Argimiro.

—Entonces todo esto es mentira.

Jacoba inclinó la cabeza.

—¿Qué parte?

—Los golpes.

—Yo golpeé las paredes.

—Las marcas.

—Carbón y aceite.

—La herradura.

—También mía.

Dominga la miró incrédula.

—¿Y lo que ve?

Jacoba guardó silencio.

—Eso no lo hice yo.

Dominga sintió un escalofrío.

—¿Qué significa?

—No puedo crear fantasmas.

Jacoba se acercó.

—Solamente puedo hacer que un hombre culpable crea que quizá existan.

Los nombres.

Las pesadillas.

El miedo.

Eso provenía de Argimiro.

Jacoba simplemente había empujado la primera piedra.

El resto llevaba años esperando dentro de su cabeza.

—¿Por qué no me dijiste quién eras?

—Porque necesitaba saber qué querías.

Dominga recordó su respuesta aquella primera noche.

No quería matar a su esposo.

Solo quería que sintiera miedo.

Jacoba asintió.

—Por eso te ayudé.

—¿Y si hubiera pedido su muerte?

La mujer tardó varios segundos.

—Me habría marchado.

Aquello desmontó completamente la leyenda que Dominga había construido alrededor de ella.

No había invocado al Diablo.

Había encontrado a una mujer que llevaba años buscando justicia para su hermana.

Pero existía todavía un problema.

Argimiro seguía siendo peligroso.

Y ahora sabía que Dominga conocía la verdad sobre Inés.

—Tienes que irte —dijo Jacoba.

—¿A dónde?

—Lejos.

—No tengo dinero.

—Tenemos un lugar.

Las hermanas Lomelí habían ayudado anteriormente a otras mujeres a escapar de hogares violentos.

El ritual del cruce no era realmente magia.

Era una contraseña.

Las mujeres que llegaban hasta allí habían tomado una decisión.

Querían salir.

La superstición protegía la red.

Los hombres del pueblo evitaban acercarse porque creían que allí se realizaban rituales oscuros.

Ese miedo permitía reuniones sin vigilancia.

Dominga comprendió finalmente la verdadera función de las historias.

La gente decía que las Lomelí hablaban con demonios.

En realidad hablaban con mujeres desesperadas.

La supuesta brujería era una estructura clandestina de ayuda.

Casas seguras.

Comida.

Transporte.

Nombres de familiares en otras regiones.

Todo protegido mediante rumores que los hombres preferían no investigar.

—Puedes salir mañana —dijo Jacoba.

Dominga pensó en la casa.

En los años perdidos.

En su miedo.

Después negó.

—Todavía no.

Jacoba frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Inés no pudo contar lo que le ocurrió.

Dominga recordó entonces la única condición impuesta aquella primera noche.

Contar su historia a otra mujer.

Ahora entendía.

No se trataba de pagar una deuda sobrenatural.

Era transmisión.

Una mujer ayudaba a otra.

La siguiente debía hacer lo mismo.

Dominga regresó al rancho.

Pero no para quedarse.

Comenzó a reunir pruebas.

Habló nuevamente con Don Anselmo.

Buscó el registro de Inés.

Encontró inconsistencias.

La fecha de la supuesta enfermedad no coincidía con testimonios de vecinos que la habían visto caminando ese mismo día.

Después encontró a la hermana de Rosa.

La mujer aseguró que Rosa había recibido amenazas de Argimiro antes de desaparecer.

Otra familia habló de Teresa.

También había tenido problemas con él.

Poco a poco comenzaron a aparecer voces.

No fantasmas.

Testigos.

Durante años nadie había unido aquellos relatos.

Cada mujer parecía un caso diferente.

Una enfermedad.

Una desaparición.

Una mudanza.

Un accidente.

Cuando se colocaban los nombres juntos, aparecía un patrón.

Argimiro comprendió finalmente lo que Dominga estaba haciendo.

Una noche regresó completamente borracho.

Cerró la puerta.

—Has estado hablando.

Dominga permaneció junto a la mesa.

—Sí.

—Te dije que dejaras el pasado.

—No era mi pasado.

Él se acercó.

—Ahora lo es.

Levantó el cinturón.

Durante un segundo todo regresó.

El miedo.

El ruido del caballo.

Las noches en el suelo.

El labio roto.

La sensación de esperar el próximo golpe.

Pero esta vez Dominga no estaba sola.

Alguien golpeó la puerta.

Argimiro se detuvo.

Tres golpes.

Abrió violentamente.

Afuera había siete mujeres.

Jacoba.

Las hermanas Lomelí.

La hermana de Rosa.

Dos vecinas.

Y una mujer anciana que Dominga no conocía.

Todas permanecían inmóviles.

Argimiro intentó cerrar.

Jacoba colocó el pie.

—Ella se va.

—Es mi esposa.

—No es tu propiedad.

El hombre levantó el cinturón.

Entonces aparecieron más personas detrás.

Don Anselmo.

Dos trabajadores.

Incluso el padre Eusebio.

El sacerdote había recibido copias de los testimonios aquella tarde.

Esta vez ya no podía decir simplemente:

“Ten paciencia”.

Había demasiados nombres.

Demasiadas historias.

Argimiro comprendió que el secreto estaba terminado.

Miró a Dominga.

—Si sales por esa puerta, no vuelvas.

Ella tomó una pequeña bolsa.

—Eso espero.

Cruzó el umbral.

Y por primera vez en años escuchó sus propios pasos alejándose del rancho sin esperar que alguien la persiguiera.

Las investigaciones posteriores nunca pudieron demostrar completamente qué ocurrió con Rosa y Teresa.

El tiempo había destruido demasiadas pruebas.

Pero la muerte de Inés fue revisada.

Testigos que habían permanecido callados durante años finalmente hablaron.

El supuesto médico que firmó el documento ya había muerto.

Sin embargo, aparecieron cartas familiares que contradecían la versión oficial.

Argimiro fue detenido meses después por cargos relacionados con agresiones y otros hechos denunciados por Dominga y distintos testigos.

Las versiones posteriores sobre su destino difieren.

Algunas aseguran que pasó varios años encarcelado.

Otras sostienen que salió antes y abandonó la región.

Lo que sí sobrevivió fue la historia de Dominga.

Pero sobrevivió deformada.

En el pueblo comenzó a decirse que una mujer desesperada había invocado al Diablo en un cruce de caminos.

Después el Diablo apareció frente a su esposo.

Lo atormentó.

Le mostró a las mujeres muertas.

Y consiguió detener sus golpes.

Era una historia mucho más atractiva que la verdad.

También era mucho más cómoda.

Porque si había sido el Diablo, nadie necesitaba preguntarse por qué vecinos, familiares, sacerdotes y autoridades habían ignorado tantos años de violencia.

La versión sobrenatural convertía el problema en maldición.

La verdad lo convertía en responsabilidad.

Dominga nunca dijo haber visto al Diablo.

Cuando años después alguien le preguntaba directamente, sonreía.

—Vi algo que mi marido temía más.

—¿Qué?

—Una mujer que ya no estaba sola.

Después se negaba a explicar más.

Cumplió también la promesa realizada aquella noche.

No se la contó solamente a una mujer.

Se la contó a muchas.

Durante años ayudó discretamente a mujeres que llegaban golpeadas, asustadas o convencidas de que no tenían ninguna salida.

A algunas les conseguía alojamiento.

A otras comida.

A veces solamente escuchaba.

Y cuando alguna preguntaba cómo había comenzado todo, Dominga hablaba del cruce.

Pero nunca hablaba primero de demonios.

Hablaba de aquella tarde frente al pozo.

Del momento en que observó su rostro herido reflejado en el agua.

Del instante en que comprendió que esperar podía terminar matándola.

—Ese día fue cuando cambió todo —decía.

No la noche del ritual.

No la aparición de Jacoba.

No los golpes en las paredes.

Aquella tarde.

Porque antes de pedir ayuda, Dominga había tomado la decisión fundamental.

Quería vivir.

Décadas después, la leyenda continuaba circulando por los caminos cercanos a Celaya.

Algunos aseguraban que todavía podía verse una mujer vestida de negro cuando la luna iluminaba determinados cruces.

Otros decían escuchar tres golpes si un hombre violento pasaba por allí después de medianoche.

Incluso apareció una superstición.

Las mujeres dejaban pequeñas piedras junto al camino.

No para invocar demonios.

Según las versiones más antiguas, representaban algo diferente.

Cada piedra pertenecía a una mujer que había conseguido marcharse.

Con los años se acumularon.

Decenas.

Después cientos.

Nadie sabía quién había colocado la primera.

Quizá Dominga.

Quizá Jacoba.

Quizá una de las hermanas Lomelí.

Tampoco importaba demasiado.

Lo importante era aquello que significaban.

Una mujer había llegado creyendo que no tenía salida.

Otra le había mostrado una.

Y después aquella mujer debía mantener abierto el camino para la siguiente.

Eso era todo.

No sangre.

No sacrificios.

No pactos.

Solamente una promesa.

La misma que Jacoba formuló aquella primera noche bajo los árboles.

“Cuando esto termine, cuéntaselo a otra”.

Dominga lo hizo.

Y quizá ésa fue la razón por la que la historia sobrevivió.

No porque una mujer hubiera invocado al Diablo.

Sino porque durante una época en la que muchos preferían llamar “asuntos del matrimonio” a los golpes, un grupo de mujeres creó su propia manera de protegerse.

Utilizaron precisamente aquello que mantenía alejados a los hombres.

El miedo.

Rumores de brujería.

Cruces malditos.

Mujeres vestidas de negro.

Historias sobre espíritus.

Todo aquello funcionaba como una cortina.

Detrás existía algo mucho más sencillo.

Solidaridad.

Años después, Dominga regresó una última vez al viejo rancho.

Argimiro ya no vivía allí.

La propiedad estaba casi abandonada.

La puerta se encontraba torcida.

El corral había desaparecido.

El pozo seguía en su lugar.

Dominga caminó hasta él.

Miró hacia abajo.

Por un instante volvió a ver a la mujer de treinta y dos años con el rostro golpeado.

Aquella que creyó no tener ningún futuro.

Sacó una pequeña piedra del bolsillo.

La sostuvo durante algunos segundos.

Después caminó hasta el cruce de caminos.

Allí encontró muchas otras.

Algunas antiguas.

Otras recientes.

Dominga dejó la suya.

Antes de marcharse escuchó pasos detrás.

Era una joven.

Tenía un hematoma sobre el rostro.

Los ojos hinchados.

Parecía aterrorizada.

—¿Usted es Dominga?

Ella se giró.

—Sí.

La muchacha comenzó a llorar.

—Me dijeron que quizá podría ayudarme.

Dominga recordó inmediatamente aquella voz escuchada décadas atrás.

“Pasa. Te estábamos esperando”.

Sonrió.

No porque aquello fuera feliz.

Sino porque finalmente entendía la promesa completa.

—Ven conmigo.

La joven dudó.

—¿Adónde?

Dominga extendió una mano.

—A un lugar donde puedas dormir esta noche sin miedo.

La muchacha la tomó.

Las dos caminaron alejándose del cruce.

Detrás quedaron las piedras.

Y también quedó la leyenda.

Durante generaciones, algunos insistieron en contar que Dominga Esquivel había vendido su alma para castigar a su esposo.

Ella nunca intentó convencerlos de lo contrario.

Quizá sabía que el rumor todavía podía proteger a alguien.

Pero cuando una mujer llegaba buscando ayuda, Dominga siempre contaba la verdad.

Nunca había entregado su alma.

La había recuperado.

Y aquello que Argimiro confundió con el Diablo tampoco tenía cuernos, fuego ni ojos sobrenaturales.

Tenía el rostro de las mujeres que él había obligado a vivir con miedo.

El recuerdo de Inés.

El silencio de Rosa.

Las preguntas sobre Teresa.

La determinación de Jacoba.

Y finalmente Dominga.

Por primera vez, todos esos nombres estaban del mismo lado.

Argimiro había pasado años convencido de que el miedo era una herramienta que solamente él podía utilizar.

Hasta aquella mañana.

Cuando levantó una taza de café.

Su mano comenzó a temblar.

Miró a su esposa.

Y descubrió en el rostro de Dominga algo que nunca antes había visto.

Ella ya no le tenía el mismo miedo.

Entonces comprendió que ahora había llegado su turno.

Por eso, quizá, la historia terminó recordándose de manera equivocada.

La gente decía:

“Dominga invocó al Diablo para detener a su marido”.

Pero quienes conocieron la versión más antigua contaban algo diferente.

Dominga no invocó ningún demonio.

Invocó ayuda.

Y en un mundo donde todos le habían enseñado que debía soportar los golpes en silencio, pedir ayuda terminó pareciendo el acto más peligroso, misterioso y revolucionario de todos.

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